jueves, 1 de mayo de 2008

X. El Capitán Urrutia

Llevaban sentados a la mesa del Inercia alrededor de un par de horas y casi no se distinguían los náufragos de la tripulación, tal era la algarabía y el compañerismo con que los marinos habían acogido a la asustada compaña.

Simón, el cocinero de Triana, había señalado la suerte de haberlos recogido al inicio del viaje, con las despensas llenas de encurtidos y cecina. De haber sido más tarde, otra suerte habrían corrido los hambrientos muchachos.

Ed había llevado a la mesa a Arenas, que parecía absorta mucho tiempo después en la coincidencia del grabado de su libro. Estaba decidido a mantenerse como el perfecto anfitrión y voz legal de los atribulados náufragos.

—Y díganos, capitán…

—¡Capitán Ignacio Urrutia Salcedo, para serviros, muchachos!

El tono era el propio de un banquete de tal guisa: hombres de mar que se empujaban con los codos mientras sostenían entre sus fauces carnes, salsas y vino y que reían, gritaban y empujaban a los comensales a participar de sus sanas costumbres.

—Capitán Urrutia, díganos, ¿sabría usted decirnos qué ha pasado en la costa, el por qué de los desprendimientos?

—Que por qué la casa de éste está en el fondo del mar, matarile, vamos —apuntó Chufowski. Rebañaba el plato sin apartar los ojos de las costillas de cordero, igual que el resto. La curiosidad y el miedo resultaban secundarios frente al hambre y al cansancio. Ya habría tiempo para las preguntas una vez calmada el ansia y llenada la tripa.

—Bueno —seguía el capitán, despreocupado, dándole un bocado a un gran tomate—, no es de extrañar para los que lo vemos desde aquí. De cuando en cuando, el mar se cobra sus feudos. Lo que el hombre le quita al mar, más tarde o más temprano este lo reclama y, por lo general, se lo toma sin miramientos.

—Pues entonces, Ed, tío, tu padre no ha debido pagar a hacienda desde ni se sabe… —Jony apuraba la cerveza de su vaso, el tercero.

Terminaron de cenar y, mientras la tripulación recogía los platos, el capitán invitó a los nueve a seguirlo. Tocaba instalarlos en la suite de lujo, bromeaba mientras los conducía por las dependencias del humilde pesquero.

—Espero que podáis dormir bien aquí —abrió una puerta y mostró con la mano abierta una estancia que parecía ser un despacho no muy grande. Paredes en madera blanca, algunos mapas, algunos grabados. Alguien había retirado los muebles centrales donde ahora se amontonaban cinco colchones, un montón de mantas y un par de almohadas—. Disculpad que no sea más amplia ni más cómoda, pero es todo lo que hemos podido hacer.

—¡No se preocupe usted!

—¡Gracias por todo!

—¡Ya lo creo que dormiremos!

—¡Susi duerme conmigo!

—¡Susi duerme en el pasillo por mis cojones!

—¡No me piséis el pie que os degüello!

Todos hablaban a la vez mientras el capitán cerraba la puerta tras de sí. El agradecimiento por el sustento y el rescate se sumaba a la inminente idea del reparador sueño. Y así, apiñados unos contra otros, dejaron a un lado las sospechas y la razón y se dejaron llevar por el más necesario de los descansos que ninguno de los nueve podía recordar.

* * *

— Duck, Duck… —Arenas recalcaba el hombro de Duckland con un par de dedos intentando despertarla. Obviamente le estaba costando.

—¿Arenas? —Ed la llamó. Estaba todo muy oscuro. Las claraboyas que al principio dejaban ver que el camarote dormitorio coincidía con el nivel del mar ahora solo mostraban una densa oscuridad en la que se filtraba una leve y mortecina luz. Poco a poco empezaron todos a desperezarse, revolverse, empujar a los que más cerca tenían. Ninguno tenía claro el número de horas que podían llevar durmiendo.

—¡Uff…, que alguien me saque el codo de los riñones, joder! —Ícaro no lo sabía, pero no era un codo lo que Prometeo apuntalaba en su espalda. Mem aulló. Dark todavía dormitaba y al girarse le lanzó una mano sobre la cara.

Jony mordisqueaba una manta y, a sus pies, Chufowski, que se había salido del improvisado catre y se desperezaba ahora, boca arriba, sobre los desechos henchidos de la hinchable deshinchada.

—Eh, vosotros… —Arenas había dormido lo necesario para aclarar las ideas. Un pálpito amenazante le había impedido recrearse en el sueño. Hora de despertarlos a todos. Había que salir de allí como fuera porque algo no parecía ir bien, si es que, a esas alturas, algo allí había ido bien.

Con cuidado se puso en pie y trató de salir del colchón gigante sin pisar a nadie.

—¡¡AUCH!! —gritó la oscuridad.

—Perdona, Jony —inmediatamente Arenas imaginó dónde habría pisado al bueno de Jony.

—¡Ha sido mi pie el que has pisado! —Prometeo regañó, implorante y confundido. Jony sonreía en silencio mientras soltaba su pie, que en un acto reflejo había recogido entre sus manos.

Arenas trató de encontrar un interruptor palpando la pared, pero no pudo dar con él. Un extraño olor a hierro y sal la desconcertó. Las paredes estaban rugosas, más de lo previsible. Y rezumaban. Decidió abrir la puerta. Algo de luz ganarían con ello a buen seguro.

Lo que pasó después eliminó cualquier rastro de sueño o vigilia de sus ánimos.

Al entrar la luz todos pudieron ver cómo la estancia en la que se encontraban, que hasta hace un momento era un camarote moderno que servía de oficina y biblioteca, era ahora una jaula oscura de algas y madera podrida. Como si el barco se hubiera hundido cien años durante las horas de sueño de sus invitados.

Todos se incorporaron rápidamente y empezaron a palpar las paredes, a tocar, nerviosos, cada uno de los objetos oxidados y enmohecidos del dormitorio del Inercia.

—¿Pero qué coño es esto?

—¿Qué está pasando aquí?

—Ed, ¿tu sabes algo?

—Duckland, ¿qué dice tu libro?

—¿Quién se ha llevado mi petaca?

Al cabo de un rato los nueve se habían recuperado del susto inicial. Ed, Dark, Ícaro, Mem y Prometeo habían decidido salir fuera de la habitación en busca de alguien a bordo del Inercia puesto que parecía que, aunque había cambiado de aspecto, el navío seguía teniendo la misma disposición. Arenas, Jony, Chufowski y Duckland se habían quedado en aquella habitación para repasar los libros de ambas junto a la réplica del barco que aún conservaban y tratar de aclarar algo de todo aquello.

Un poco más de media hora después, Dark apareció en la ajada puerta del camarote-dormitorio.

—No os lo vais a creer. Aquí no hay nadie más. Además, parece que es de día pero hay una niebla impresionante —sobre su hombro asomaron Ed y Prometeo.

—¿Vosotros, qué? ¿Habéis sacado algo en claro? —Ed adelantó a Dark y se clavó en medio de la estancia, junto a los colchones aparentemente inmunes al encantamiento y nuevamente amontonados.

Jony y Duckland, sentados sobre una manta, levantaron la vista de la miniatura del barco. Ciertamente ahora parecía tratarse exactamente del mismo barco en el que estaban. Chufoswki alzaba a Arenas por las rodillas. Había un viejo astrolabio en lo más alto de lo que se adivinaba una estantería, llena de moho, algas y mejillones salvajes.

—Nada. Desde locura colectiva o folie a deux o a nueve hasta que nos hayamos reducido y estemos en el interior de esta maqueta creando un bucle infinito —Duckland levantaba ante sus ojos el pequeño barco, como queriendo verse a través de los maderos—.

—Yo estoy más con lo de la locura colectiva —sentenció Jony.

—¿Dónde están Ícaro y Mem? —Chufowski bajó de golpe a Arenas y el pesado astrolabio dio contra el suelo, rompiendo la verdosa tabla podrida y dejando ver una oscura oquedad nada halagüeña.

Prometeo, que seguía tras Dark en el quicio de la puerta, se inclinó hacía atrás mirando en ambas direcciones y de nuevo a Dark.

—Venían justo detrás, ¿no?

Pronto el suelo comenzó a temblar. Como una lluvia de piedras que azotaba los maderos del techo y los hacía crujir entre sí. No se sobresaltaron por mucho tiempo cuando reconocieron los apresurados pasos de Ícaro y Mem.

—¡No os lo vais a creer! —gritaban los dos, a destiempo. Mem traía un rollo de papel en la mano.

—Eso ya lo he dicho yo —Dark, celosa informadora—. ¿Qué es eso? ¿De dónde lo habéis sacado?

Ícaro intentó arrancar de las manos el papel a Mem que, con un empujón, no solo se zafó de las manos de Ícaro sino también del resto. Con dos zancadas se plantó frente a los colchones y desplegó el manuscrito: un viejo papiro que mostraba un grabado de la costa murciana y que estaba fechado en 1751.

—Bueno, un mapa, vale. ¿Y qué? —Prometeo encogía sus hombros dentro del círculo que entre los nueve habían formado alrededor del viejo pergamino.

—Esto tiene que estar mal —sentenció Ed sin levantar la vista.

—¿El qué, Ed? —Dark había dejado su nota de humor en el pasillo.

—Fíjate bien y dime quién dibujó este mapa.

(* clic para ver detalle)

lunes, 28 de abril de 2008

IX. Las consecuencias del naufragio

Pero antes de que Ed. Expunctor pudiese abrir la boca para dar explicación alguna, se vieron sorprendidos por los gritos de alguien que desde dentro del barco les preguntaba si estaban bien. Apenas se habían percatado de la presencia de vida humana en aquel navío, cuando vieron descender una escalerilla confeccionada con cuerdas tensadas y un tanto roídas. Se miraron buscando un signo de aprobación y, tras una supuesta conformidad, Mem asió la rústica escalera y comenzó a trepar.

Uno tras otro ascendían hasta la cubierta del barco. Se ayudaban a subir, pues a algunos la extensa longitud de la escalera les producía fatiga. El último en llegar fue Jony, quien, en un torpe paso final, recibió un fuerte golpe en su pie. Se encontraban inciertamente a salvo cuando Chufowski comenzó a agitarse.

—¡Susi, por Dios, Susi!—gritaba angustiado. Sin pensárselo dos veces, se arrojó de nuevo al mar frente a la atónita mirada del resto. Duckland se apresuró a asomarse para buscarle entre las olas y los demás la imitaron en distintas partes de la cubierta. De pronto Chufowski apareció trepando la escalera casi sin aliento con su muñeca hinchable en la mano.

—¿Pero qué has hecho? Te podías haber matado —replicó Prometeo

—Tenéis que entenderme. Han sido muchos ratos juntos y no podía dejarla ahí, sola y a la deriva, pobrecilla... —explicó Chufowski.

—Estás hecho un romántico —concluyó Nuevo Ícaro.

Antes de que la reprimenda llegara a su fin, fueron interrumpidos por la presencia de un extraño marinero.

—Bienvenidos al Inercia—les dijo el patrón del barco.

—¿So..., sois piratas?—preguntó una asustada Arenas.

—Hombre, de vez en cuando nos bajamos cosas del Emule —respondió el capitán.

De pronto un fuerte golpe de viento agitó la vela mayor, causando un ruido tan estruendoso que hizo que todos se asustaran.

—No os preocupéis, ya os acostumbraréis a este sonido —tranquilizó el marinero.

—¿Acostumbrarnos? —exclamaron todos al unísono.

El capitán del Inercia les explicó que el gobierno internacional había aprobado la “Ley de dependencia marítima”, y ahora los barcos que recogían náufragos obtenían una comisión al llegar a puerto. La pesca flojeaba y aprobaron esa medida para que los marineros consiguieran algún dinero extra. Así pues, sólo tendrían que firmar el impreso oficial 32-B de Naufragio Interoceánico y se les ofrecería comida, ropa y camarote durante el trayecto.

—¿Y hacia dónde se dirige este barco? —preguntó Mem.

—Vamos dirección al Mar del Norte, a pescar gamburrinos —respondió el capitán—. Tenéis la opción de firmar el impreso y acompañarnos a mí y a mi tripulación, os aseguro que no os faltará de nada. En caso contrario, os arrojaremos al mar.

—Qué miedo da esto —susurró Duckland—, seguro que en este barco hasta viaja el chupacabras.

—Claro que en este barco viaja el chupacabras, niña —resolvió el capitán mientras se reía—. En realidad se llama Jacinto, pero es tan feo que su madre, en vez de darle el pecho, le daba la espalda —y continuó riéndose.

Desconfiaron más que nunca de aquel hombre y de aquella situación. Le pidieron al capitán un tiempo para pensar sobre la oferta y comenzaron a analizar los pros y los contras.

—¿Tú que sacas de todo esto? —preguntó Ed. Expunctor a Darksunrise.

—Querido, yo de esto saco un reportaje a doble página con una foto abriendo a tres —respondió.

—Ícaro, ¿tú que piensas? —volvió a interrogar Ed.

—Que no sé si tendré orujo suficiente para todo el viaje.

—¡Por dios! —exclamó Ed, enfadado—, ¿es que nadie me va a dar una respuesta? Prometeo, ¿qué dices tú?

Prometeo miró al capitán de reojo y le preguntó si tenían cuarto de baño en el barco. El marinero asintió.

—Pues digo que mejor aquí que en el mar, que la arena se me mete por… —pero antes de que Prometeo hubiese terminado su frase, Ed ya estaba formulándole la pregunta a Arenas.

—Arenas, ayúdame. Como anfitrión me siento responsable de lo que nos pase a todos y me angustia tomar esta decisión. No sé cómo lo consigue la Preysler. ¿Qué hacemos?

Pero Arenas había enmudecido. Por momentos perdía el color de su tez y su mirada parecía alejarse en el horizonte. Ed. Expunctor se plantó frente al capitán del Inercia y con gran seriedad exclamó:

—Sí, aceptamos barco como animal de compañía.

El capitán dio orden inmediata de zarpar y, con el barco en movimiento, pidió amablemente a todos que les siguieran para enseñarles las instalaciones y presentarles a la tripulación. Mientras se adentraban, comenzaron a plantearle todo tipo de dudas al capitán. Mem preguntó si tenían comida light en la cocina del barco; Jony preguntó si, ya que tanto tiempo miraban al cielo, conocían la Estrella de Levante; y Nuevo Ícaro lo interrogó acerca de varios opiáceos hallados en las algas de los fondos oceánicos.

Solo Ed. Expunctor reparó a medio camino en que Arenas no se había movido de su sitio. Corrió hacia ella realmente preocupado.

—Arenas, ¿qué te pasa? —preguntaba mientras la zarandeaba.

Arenas, aún ausente, le miró y abrió su libro de Expediente X por una página. El barco que allí aparecía fotografiado era el Inercia.

viernes, 25 de abril de 2008

VIII. Nueve almas, una carne

El ruido hace que todos los presentes, incluido Prometeo, liberado de su carga fecal, se agrupen en el salón y dirijan sus miradas hacia el techo.

—Deberíamos echar un vistazo —dice Prometeo con las manos en el vientre, con el careto propio del que le han extirpado un riñón recientemente.

—¿Dónde se habrán metido Arenas y Duckland? —pregunta Ed, airado—. ¡¡¡Joder!!!, así no hacemos nada, esto va cada vez de mal en peor.

—Quizá estén en la buhardilla, de ahí los ruidos —deja caer Mem, tratando de buscar una respuesta que calme los exacerbados ánimos.

—Sólo hay una manera de averiguarlo —dice Chufowski—. Tememos que echar un vistazo.

Deciden ir todos juntos. Ed va abriendo camino con un cuchillo y Prometeo pegado a su espalda agarrando un rodillo. El resto va en fila india, asiendo sartenes y cacerolas, como una serpiente plateada y tremolante. Suben los escalones uno a uno y la madera cruje a sus pies. Llegan hasta la buhardilla y encuentran la puerta cerrada. Ed pega la oreja a la puerta y asiente con la cabeza, haciendo una señal con la mano, juntando los cuatro dedos con el pulgar, repetidas veces, haciendo ver que hay alguien ahí dentro de palique.

Se abalanzan sobre la puerta y Ed con el impulso cae rodando, y el cuchillo sale volando y se clava en el suelo, a escasos centímetros de Duckland, embebida ésta en la contemplación de unos mapas. Prometeo cae entre las piernas de Arenas y el resto contempla la escena desde puerta, sin dejarse pasar los unos a los otros.

—Podíais haber avisado de que estabais aquí —dice Ed malhumorado—. Nos hemos llevado un susto de muerte. Ya hemos tenido bastante esta noche con lo de Ícaro, como para que la gente haga lo que le venga en gana, aquí hay que poner un poquito de orden.

—Mira —dice Arenas conciliadora, pasándole una foto en la que se ve una embarcación.

Todas las cabezas rodean la figura formando un círculo casi perfecto, en palabras de Jony, tan dado a buscar la belleza geométrica en todo momento y situación.

Está claro que la maqueta es la reproducción del barco que se ve en la foto, la cual pasa por las manos de todos ellos. Al darle la vuelta ven que está fechada en 1935.

—¿Por qué no cogemos todo este material y lo miramos tranquilamente en el salón? —propone Ed, que parece tener prisa por salir de la buhardilla.

Una vez en el salón notan un ligero temblor. Los vasos de arcopal, los cirios, las botellas de licor, toda la vajilla va al suelo, acristalándolo con pequeñas astillas brillantes, refulgiendo como un mar de plata. La casa se convulsiona, mientras los allí presentes asisten atónitos al balanceo con el corazón acelerado y el grito en el cielo.

Jony, convertido en un imán de mala suerte, ve impasible cómo un plato sopero ha ido a buscar acomodo en su pie, cayendo de canto sobre su meñique, y maldice empleando una miríada de insultos.

La casa se mueve. Dark se asoma a la ventana y profiere un grito. Tras ella, Arenas y Duckland invitan al resto a sumarse a la contemplación del espectáculo. Ícaro logra hacerse un hueco, sacar la cabeza y echar la pota, mientras promete que nunca más probará ese matarratas bajo apariencia de orujo.

Chufowski dice a Ed que le siga, que quiere comprobar algo. Se asoman por todas las ventanas y finalmente por la trasera de la casa, que ahora era la delantera merced al oleaje. Junto a un pequeño ventanal ven un cable de acero de unos diez centímetros de grosor.

Prometeo llega hasta ellos y, tras observarlo, dice que aquello es el cordón umbilical que los mantiene unidos a tierra firme, pero que tarde o temprano lo más seguro es que oigan un chasquido tras el que quedarán a merced de los vientos, las sirenas y los Dioses, y comienza a recitar una poesía que Ed recuerda haber leído en su blog.

De nuevo en el salón, Ed los mira encogiéndose de hombros. De todas maneras, cualquier explicación que pueda ofrecer sería tan absurda como las cosas que les vienen sucediendo desde el día de ayer.

Arenas toma la palabra para comentarles que en su libro de Expediente X, el cual les muestra, hay un caso similar acaecido en un pueblo de California, donde dicen que se produjo un terremoto y donde parte del litoral se desprendió y con él las casas que había sobre el terreno.

—Ahora, me dejas mucho más tranquilo —dice Prometeo, que se disculpa, dejando el salón un momento, pues tiene todavía que seguir soltando lastre.

Jony les informa de que los móviles no funcionan, por lo que deben haber entrado en algún campo magnético gravitacional que impide cualquier comunicación de la casa con el exterior.

—Evidentemente —dice Duckland— estamos ante la versión hispánica del triángulo de las Bermudas. Vamos de camino hacia otra dimensión, violando las leyes del espacio y del tiempo. Aquí Íker se pondría las botas. Si salimos de esta, nos hacemos ricos yendo de plató en plató.

Se oye entonces un ruido chirriante que les hiela la sangre, barnizando sus caras de un blanco roto. El cable ha cedido y lo ven como si se tratara de la cola de un dragón restallar contra las ventanas hasta desaparecer bajo las aguas.

Ícaro dice que preferiría haber entrado en coma etílico la noche pasada antes que pasar por esto. Chufowski se pregunta en voz alta si aquello no será una adaptación de La habitación de Fermat, donde Ed les ha convocado con el único fin de matarlos a todos, eliminando así la competencia que le permita erigirse como El Rey de las Letras Virtuales, no solo en Murcia, sino en todo el territorio nacional, porque es sabido que la envidia entre los escritores es infinita.

Ed, visto el tétrico y absurdo cariz que toman los acontecimientos, prostituido ya el raciocinio en aquel burdel del delirio, dice que nadie va a morir, salvo por muerte natural o por propia iniciativa, a no ser que le inflen mucho las narices y dé entonces buena cuenta del cuchillo jamonero con el que es capaz de sacar filetes de carne del grosor de un papelillo, arguyendo que debe haber alguna explicación lógica detrás de ese hecho paranormal y que es posible que haya más casas flotando a la deriva como la suya, y en otras circunstancias les hubiera hablado de La balsa de piedra, pero cree que no viene a cuento.

En el ancho y basto mar que se abre ante sus ojos, sólo el gran azul les circunda. Se adivinan los perfiles cada vez más difusos de las montañas recortándose en el horizonte, las luces de las farolas y de las últimas casas del cabo.

Entonces Chufowski, tras permanecer unos minutos meditando en el retrete, al cual Prometeo ha bromeado con mudarse, para evitarse así los viajes, venciendo sus miedos, orilla los "qué dirán" y, cogiendo a Ed del brazo, le explica sin ambages su plan. Éste le mira con cara de preocupación y una sonrisa que no puede disimular. Hemos de hacerlo ahora, dice Chufowski apremiándole. Van hacia las pertenencias de Chufowki y de la mochilla del tamaño de un baúl extraen un plástico que cubre todo el suelo. Aplican el inflador y dos minutos después, sobre el suelo de la habitación, hay una muñeca hinchable XXXL teñida de rubio plátano de Canarias.

Bajan las escaleras, agarrándola cada uno de un brazo, y cuando llegan al salón con ella se escuchan risas y aullidos. Chufowski asume con templanza calificativos como libertino, licencioso, tarambana, lujurioso, guarro y chanzas varias, pero una vez que reina de nuevo el silencio, tomando la palabra y tras alegar en su defensa que no puede dormir solo, les explica que esa muñeca hinchable es la metáfora de su salvación, ya que además de ser una surtidora de placer puede hacer las veces de una lancha neumática, según ha leído en un foro.

En el prolijo manual de instrucciones que no va en la caja pero que Chufowski ha memorizado y del que lleva una copia en su usb, indica que es capaz de soportar 1.000 kg. de peso, merced a su forro especial de goma 2.0, que según decía la web coreana donde la adquirió era la bomba. Ese modelo, además de una potencia de 6.000 w. en posición de succión, puede hacer la función contraria, la de desalojo, haciendo las veces de una lancha de contrabando. El plan es una locura, pero no se presentan otras opciones mejores, o en caso de haberlas nadie tiene fuerzas ni ganas de exponerlas, así que hacen una votación y todos, quien más quien menos, alzan sus manos en señal de asentimiento.

Se dirigen entonces a la puerta de la casa. Cada uno llevando consigo los enseres que pueden llevar encima y se lanzan al agua, donde les espera la muñeca abierta de piernas. Cuando los nueve están en el agua, se reparten por los brazos, piernas, cabeza y pechos de la muñeca. Duckland y Arenas van a horcajadas sobre el vientre de esa Diosa de goma, llevando cada una su libro en las manos y el barco de marras dispuesto sobre el vientre de la muñeca.

Ya en posición, todos resoplando y jurando por lo fría que está el agua, Chufowski acciona el dispositivo, gira la rueda hasta la máxima potencia y pulsa la palanquita de desalojo. Por la entrepierna de la muñeca salen burbujas y luego poco a poco el artefacto se mueve. En su travesía escuchan gemir a la muñeca, porque ésta, dotada de sensores hasta en los lóbulos de las orejas, está programada para hacer más amena las relaciones con sus usuarios, y con tanto toqueteo, con nueve personas metiéndole manos se oyen toda clase de expresiones; uy, ahhhhh, síííííí, dámela toda, Diooooooooossss existe…

La costa todavía queda lejos cuando la muñeca comienza a sufrir espasmos. Su batería se agota y quedan a la deriva. Mem comienza a gritar.

—!!!Pirañaaaaaas!!!

—Aquí no hay pirañas Mem, serán medusas en todo caso —replica Prometeo.

—Me pican las piernas que no veas, es un escozor infernal.

Las miradas de odio dirigidas hacia Chufowski y su plan de mierda le hacen apartar la mirada y anegarla en el horizonte.

—Mientras no se pinche esta muñeca, ni tan mal —dice Arenas, que aprovecha el parón para seguir leyendo su libro.

—Mirad —dice Dark—, aquello que se ve al fondo parece el mástil de un barco— señalando con el brazo estirado y apuntando con el dedo.

—Hala, pues venga, al agua patos —insta Ed.

—Hay un problema —dice Jony.

—No te preocupes por tu meñique, que para nadar no te hace falta —dice Dark, dándole una palmadita en los mofletes..

—Es que yo…

Ya están todos en el agua, menos Chufowski y Jony que siguen aferrados a las extremidades de la difunta. Unos nadando a braza, otros como Arenas y Duckland flotando boca arriba y empujándose con las piernas a fin de no mojar sus libros.

Chufowski permanece agarrado a un pie con las uñas pintadas de rojo pasión, con la mirada perdida. Jony le busca con los ojos y le pega una voz.

—Vamos, dice Chufowski saliendo de su húmedo ensimismamiento, te echo una carrera.

—No sé nadar.

—No me jodas, tronco. ¿En el cole no os llevaban a la piscina, no os daban gorritos azules y gorritos rojos?

—No.

—Pues estos cabronazos ya se han ido, así que probaré a remolcarte. Tú déjate hacer porque lo mismo nos vamos los dos al fondo del mar. ¿Conforme?.

Prometeo se aparta del resto de nadadores porque tiene un apretón y precisa tanta intimidad como un mar sin puertas ni ventanas puede ofrecerle. Ícaro es el primero en ver con nitidez la proa del barco. Llega hasta la amarra que pende de un flanco y espera a sus compañeros.

—¿Te puedo contar un secreto? —dice Jony dirigiéndose a Chufowski con un hilo de voz.

—Dispara.

—Antes de palmarla, la muñeca me dijo algo.

—¿Comooooooooooooooorrr?

—¡Nueve almas separarán la luz de las tinieblas! ¡Un mismo destino, una sola carne!

—¿Eso te dijo?

—Pues sí, yo iba agarrado a su cabeza y lo oí de sus labios, fueron sus últimas palabras, te lo juro.

—Jajajajajaja… Jony, eres cojonudo. ¡Qué imaginación! ¿Cuánto bebiste anoche? Macho, sí que te dura la resaca. De esto ni una palabra. ¿Entendido? No está el horno para bollos. Anda, agárrate bien, que ya no nos queda nada.

Los nueve cuerpos flotantes ya agrupados, tras llegar Chufowski y Jony también hasta la amarra, leen—salvo los que tienen miopía— una inscripción en la vela mayor, que dice así:

No basta con jugar, es la hora de creer.
El tiempo se acaba.
Es la hora de la tiniebla

Arenas, junto a Ed, antes de subir al barco, le pregunta:

—¿Qué hacían esas fotos en tu casa?

Ed pierde su mirada en el mar, se aclara la garganta y responde:

— Ahora os lo cuento.

jueves, 24 de abril de 2008

VII. Dos bandos irreconciliables... O no tanto.

Escena I

Arenas y Mem.

(Habitación en penumbra iluminada por la luz del alba que se filtra tras las persianas. Dos camas pequeñas, todo revuelto, dos maletas de fin de semana a medio deshacer, un armario empotrado semiabierto y una mesilla con una lámpara.)

Arenas.— ( En voz baja.) Mem... Oye, ¿estás despierta?

Mem.— ¿Umm...? Ahora sí.

Arenas.— (Contiene a duras penas su nerviosismo, y no para de darle vueltas a un anillo que lleva en el meñique de la mano izquierda.) Es que no puedo dormir. No entiendo cómo Ed no me había contado nada de esto. Es mosqueante y macabro.

Mem.— No habrá encontrado el momento....

Arenas.— No es eso. Hemos planeado juntos este encuentro cuidadosamente y... ¿Se le ha olvidado algo tan importante?

Mem.— ...

Arenas.— (Zarandeándola.) ¡Mem! Que no te duermas. ¿Cómo puedes con todo lo que ha pasado?

Mem.— Umm... Déjameee. Mañana lo veremos todo desde otra prespretiva. (Intentado vocalizar.) Digo, pers-pec-tiva.

Arenas.— (Mientras se viste rápidamente.) Pues yo voy a levantarme y a echar un vistazo por ahí ahora que es de día.

Mem.— ¡Qué dices! ¿Adónde vas tú soola?

Arenas.— (Tajante.) Si quieres venir, vale. De todas formas, ahora no puede haber peligro. Ya ha amanecido y aquí, en este libro, tengo todo lo que necesito saber sobre estos temas.

Mem.— ¿Libro? A ver... (Lee en voz baja, con dificultad, y luego va ascendiendo progresivamente el tono silabicando en exceso.) Expediente X, toodas las historias documentadas científicamente. Incluye fichas de casos rreales, todas las fotografías y los informes cla-si-ficados redactados por los F.B.I. Dana Scully y Fox Mulder, con amplio material foto, fotográfico... Pero, pero, ¿estás hablando en serio?

Arenas.— Vaya. Otra incrédula. Dame acá (quitándole el libro de las manos), ni lo vuelvas a tocar, ni me preguntes luego cuando necesites saber algo.

Mem.— (Fuera de lugar, no sabe qué decir) No, ya, ya...

Arenas.— Es que no sé por qué me ha tocado contigo en la habitación. Vaya una tontería esa del sorteo. Sólo podía habérsele ocurrido a Jony, claro, como él se lo toma todo a broma... No me malinterpretes, es un buen tío, pero es que esto es muy serio..., y muy grande. Esto es un caso que tiene su miga. Ya lo creo. (Se queda un momento pensativa y casi murmurando.) Tendré que hablar con Duckland, ella seguro que podrá ver la conspiración que se esconde detrás. (En voz más alta.) Va, me voy. Tú sigue durmiendo...

Mem.— (Intentado encender la luz de la lamparilla, pero sin atinar) Espera, espera. Dark y Chufowsi ya han salido a buscar a Ícaro. Espera por lo menos a que vuelvan. Además, Duckland está fatal, como yoooo, que todo me da vueeltas, jajaja. Si todo esto no es más que el efecto del alcohol sobre una gran broma muy bien montada, creo. (Dubitativa)... Eso es, nada es real. Tú no eres real, yo no soy real. A dormir. (Se da la vuelta y le da la espalda a Arenas.) Buennnas noch... Zzzzzzzzzzzz.

Arenas.— (La mira entre risueña y severa.) Si es lo que yo digo. Otra pobre alma perdida que necesita creer...

Escena II

Arenas y duckland.

(Pasillo completamente a oscuras, excepto el débil resplandor de la linterna de un móvil. A cada lado se adivinan puertas cerradas.)

Arenas.— (Hablando consigo misma en voz baja y caminando de puntillas, en una mano lleva un móvil que esgrime como una arma delante de ella, en la otra un libro que aferra con fuerza contra el pecho.) Me parece recordar... La gran plantación, las abejas, peligro biológico... ¡Ahh!

Duckland.— (Tapándole la boca con la mano.) ¡Shhh! Soy yo.

Arenas.— ¡Vaya susto me has dado! (Cuchicheando) ¿Has hecho todo tal y como lo habíamos planeado? Ciertamente, has conseguido que todo el mundo se creyera que no podías sostenerte en pie. ¡Bravo! Muy buena actuación.

Duckland.— ¡Bah! No ha sido nada. Jony duerme como un bendito. Se le ha pasado el cabreo rápidamente.

Arenas.— (Nerviosa.) ¿Lo has traído?

Duckland.— Sí, claro.

Arenas.— ¿Las dos cosas?

Duckland.— Que siiiií... ¿Y tú?

Arenas.— También. Ahora tenemos que salir, porque ya sabes...

Las dos.— (Susurrando, casi dicho mentalmente, pero con gran énfasis.) “La verdad está ahí fuera”.

(Se quedan un momento sonriendo como tontas.)

Duckland.— Ejem, ejem... Ed y Prometeo están en el salón. ¿Cómo vamos a esquivarlos? Nos harán preguntas...

Arenas.— Conozco bien esta casa. Podemos salir por la cocina al patio, de ahí subir a la terraza de la buhardilla, claro que tendremos que saltar un par de tejados y luego descolgarnos por la casa del vecino. No habrá más de dos metros...

Duckland.— (Se le ilumina el rostro.) Sí, sí...

Arenas.— Necesitamos investigar, antes de que todos se levanten, esa plantación y sus alrededores. Tú crees... (No se atreve a decir lo que realmente piensa) ¿Tú qué opinas sobre todo esto? No podemos contar con Mem.

Duckland.— Creo que con Jony sí, pero cuando se le pase la cogorza. No para de hablar del barco y del mensaje. Casi he tenido que arrancárselo de las manos una vez que se ha dormido. Para mí está muy claro: alguien nos conoce muy bien..., y quiere decirnos algo. O no...

Arenas.—Y, ¿crees que es el fantoche ése que ha venido amenazando? No está solo. Recuerda: “No somos lo que somos”.

Duckland.— Mujer, ya, claro..., pero esa aparición, ese hombre... (Súbitamente.) Capítulo VII, epígrafe 2, “El hombre del hielo”, creo que puede servirnos de ayuda. O no. He estado pensando y encuentro ciertas similitudes físicas: la forma del rostro, el hueso occipital, el tamaño de manos y pies, y esas garras... (Murmura no muy convencida.) El eslabón perdido... O no.

(Se oyen voces tras la puerta del pasillo que da al salón, voces amortiguadas, pero inconfundibles.)

Arenas.—Shhh, salgamos de este pasillo, pueden sorprendernos.

(Ambas hacen mutis por la puerta de la cocina.)

Escena III

Prometeo y Ed. Enseguida, Dark, Chufowski, e Ícaro.

(Un salón amplio. Junto al ventanal que da al porche de la casa, dos sillas y un sillón, al lado del cual hay un sofá y otro sillón. Frente al sillón y a las sillas que hay junto a la ventana, una mesa camilla redonda. Frente al sofá, una mesita baja con un cristal y un cenicero enorme. Enfrente, un mueble con algunos libros, muñecos de porcelana, un televisor y una radio antigua. Junto al segundo sillón, una mesa de madera grande rodeada de sillas. Hay cuatro puertas: una, junto a la ventana, conduce al porche; dos, junto al mueble, a habitaciones; la otra, al pasillo. Junto a la puerta del pasillo, una chimenea de obra.)

Prometeo.— (Desperezándose largamente, habla mientras bosteza. Tiene la voz ronca y algo pastosa.) Bueno, y... ¿Me he perdido algoooaaah?

Ed.— (Exasperado. Tiene los ojos inyectados en sangre y parece no mirar a ningún sitio en concreto.) Parece que Ícaro se ha quedado dormido ahí fuera. (Aparte.) O perdido. Dark y Chufowski han salido a buscarlo. (Para sí, murmura entre dientes.) Esto no está saliendo bien, nada bien. La realidad está presentando sus múltiples formas. Todo es lo que es y su contrario...

Prometeo.— (Un tanto desconcertado.) ¿Qué? ¿Qué dices, Ed?

(Se oye un fuerte golpe y la puerta de la verja del jardín se abre. Prometeo se acerca a mirar por el ventanal.)

Prometeo.— Ya vienen. (Al ver el estado en que traen a Ícaro se apresura a abrirles la puerta de la casa y grita asustado.) ¡Ícaro, Ícaro!

(Entran Dark y Chufowski, llevan arrastrando, la ropa desordenada y sucia, un brazo en cada hombro, al pobre Ícaro, que parece dormido o inconsciente.)

Prometeo. — (Ya totalmente repuesto y alerta, se acerca a Ícaro y le toca la cara.) ¡Hermano! ¿Qué te ha pasado?

Ed.— (Sin moverse del sillón donde permanece sentado durante toda la escena.) No le pasa nada. (Con ira contenida.) Solo que no es capaz de medir las consecuencias de sus actos, y que es muy curioso... (Aparte.) No abras la puerta equivocada, no abras la puerta que no eres capaz de cerrar.

Dark.— (Con desparpajo y las manos apoyadas en las caderas.) Querido Ed, nos debes una explicación. ¿Quién era ese astroso campesino?

Chufowski.— (Ansioso y con la cara perlada por el sudor.) Sí, eso. Hemos dado vueltas y más vueltas. Todos los caminos se parecen. Todas las casas son iguales. Prometeo, no sé cómo hemos podido volver. (Sentenciosamente.) Todo es un laberinto hecho para confundir a los hombres...

Prometeo.— (Susurra nostálgico.) Ariadna...

Chufowski.— (Con los ojos desorbitados, enfático.) Y cuando ha amanecido todavía era peor: el sol multiplicaba, como un espejo, hasta nuestras propias imágenes. Hubo un momento en que vi la sombra de Dark delante de mí, atrás, a derecha e izquierda.

Dark.— (Desafiante y señalando con el dedo a Chufowski.) Creo que tú también has bebido demasiado, querido Chufowski. La oscuridad, un lugar desconocido, el alcohol, el miedo y la tensión de nuestros corazones. Nada más. La imaginación ha hecho el resto.

Prometeo.— Eh... Yo... Uf... Me voy al aseo... (Hace mutis por el pasillo.)

(Se oye un grito de Jony. Dark y Chufowski salen corriendo hacia la habitación donde duerme. Ed e Ícaro quedan inmóviles.)

Escena IV

Jony, Dark y Chufowski. Luego, Mem.

(Una habitación con dos camas separadas por una mesita de noche. Al pie de una cama, una silla con ropa y, en el suelo, dos maletas. Un armario empotrado con las puertas cerradas. En una de las camas, deshecha, no hay nadie. En la otra, Jony, durmiendo, agita sus brazos en el aire y grita.)

Jony.— ¡El barco, el barco, el barco! ¡No toques el barco! ¡Quiero creer! ¡Quiero creer!

Dark.— (Llega corriendo hasta la cama y coge a Jony de un hombro con firmeza. Susurra.) Jony, Jony... Despierta... Pssss...

Chufowski.— (Gritando.) ¡Jony! ¡Jony!¡Despierta, tío! (Enciende la luz.)

Jony.— (Con la cara descompuesta, desorientado.) ¿Eh? ¿Qué pasa, qué pasa?

Dark.— (Asustada.) ¿Duckland? ¿Dónde está Duckland, Jony? ¿Dónde está?

Jony.— ¡El barco! ¿Dónde está el barco?

Dark.— (Apremiante.) ¿Dónde está Duckland, Jony? (Ahora con cierta dulzura.) ¿Dónde está Duckland, querido?

Jony.— (Desconcertado.) No sé... Estaba ahí (Señala la cama de al lado.) cuando he apagado la luz. Ya no recuerdo más. (Súbitamente parece acordarse de algo.) (Pausa intensa.) Hay una cosa, no sé si tendrá algo que ver, pero antes de acostarse cogió algo de su maleta y rápidamente se lo metió debajo de las sábanas. Tenía la forma de un libro muy grande.

Dark.— (Se acerca y revuelve las sábanas.) Aquí no hay nada, Jony. Despierta, lo habrás soñado, lo mismo que el barco.

Jony.— (Abre los ojos como platos, repentinamente iluminado.) ¡Eso es! ¡El libro y el barco! ¡Y la nota que encontramos en el cofre junto al barco! Estoy seguro de que están relacionados, pero todavía no encuentro la conexión, me falta algo, pero... (De pronto se da cuenta.) ¡¡El barco!! ¡¡Se ha llevado el barco con la nota!! (Se levanta tan rápidamente que se enreda con la sábana y el dedo meñique del pie derecho se le dobla.) ¡¡Ayyy, me cago en la puta!!

(Aparece en la puerta Mem. Tiene el cabello revuelto y la ropa totalmente arrugada. Va descalza.)

Mem. — (Con la mano delante de los ojos, a modo de visera.) ¿Se puede saber por qué hacéis tanto ruido? Joooo, me habéis despertado. ¿Qué hora es? ¿Eh? Me duele la cabeza y vosotros, ¡hala!, a gritar sin ningún tipo de consideración. Y me duele la garganta... ¡Y tengo sueñoooo! Y Arenas me ha dicho unas cosas muy raras, y me ha enseñando un libro, creo, raro, pero raro, y se ha ido. Y...

Dark.— (Interrumpiendo su perorata interminable, con aprensión creciente.) ¿Qué dices, Mem? Repite eso último.

Mem.— (Un poco confundida.) ¿El qué? ¿Que no me dejáis dormir?

Dark.— (Pacientemente.) No, querida. Me refiero a lo que has dicho sobre un libro. Jony afirma que Duckland también llevaba un libro consigo. (Aparte, con sarcasmo.) ¿No será una alucinación colectiva? (Dirigiéndose a Mem.) Además, ¿dónde está Arenas?

Mem.— (Pensando de manera intensa.) Pueees...No sé. Dijo algo sobre una conspiración y que se iba a hablar con Duckland, creo, y... Ah! Sí. (Indignada) Y me ha dicho que yo era una perdida... (Pausa.) Y el libro, estoy segura de que tenía algo que ver con las matemáticas, creo... Con ecuaciones o algo así. (Muy satisfecha consigo misma, eleva ligeramente la voz.) ¡Claro! x, f... efe de equis, de función.

Jony.— (Frunciendo el ceño.) ¿No hablaría ese libro de la constante de Arquímedes?

Mem.— ¿De queeé?

Jony.— (Emocionado.) Pi, geometría euclidiana... El número π, superpi casi habría que decir. ¿Sabéis que podría ser la esencia del universo?

Chufowski.— (Sentencioso.) Newton dijo: “Quien descubra el misterio de π, comprenderá el pensamiento de Dios...” (Pausa.)

Jony.—(Parece que se ha olvidado de toda la situación.) Una vez pensé en tatuármelo, pero no la letra griega, no, sino el número entero..., (Se ríe.) como los hombres. Existe hasta un superhéroe capaz de trazar círculos perfectos alrededor de sus enemigos y...

Dark.— (Le interrumpe, nerviosa.) ¡Basta ya de tonterías! Recapitulemos: todo indica que Arenas y Duckland se han ido juntas. ¿Por qué? ¿Qué se traen entre manos? ¿Y de qué son esos libros? ¿Y por qué se han llevado el barco y la nota?

(Se oye un fuerte ruido que parece proceder del techo. Todos miran hacia arriba, asustados, y quedan inmóviles.)

Telón

lunes, 21 de abril de 2008

VI. Una vieja visita inesperada

El alba se esforzaba en despuntar, pero unos negros nubarrones dibujaban su silueta en el horizonte, amenazantes. La oscuridad aún reinaba, y el fresco se dejaba notar en aquellos siete temblorosos cuerpos. Pero no era de frío de lo que temblaban. Ante ellos una siniestra visión les hacía confundir lo real con lo ficticio. El alcohol ingerido aquella misma noche, que ya terminaba, acentuaba más si cabe la sensación de aturdimiento de los siete. Hicieron una piña. Arenas agarró a Ed., Dark enganchó del brazo a Chufowski y Duckland hizo idéntico gesto con Jony. Mem unificó aquel insólito racimo humano, y un nuevo alarido, de un Jony pisado en el mismo y dolorido dedo meñique, rompió el alba. Ante ellos se presentaba una visión espeluznante.

Entre andrajosos harapos y una poblada barba blanca sin cuidar, se intuía el demacrado y llagado rostro ceniciento de un anciano a quien nadie, mentalmente, fue capaz de ponerle edad. Quiero decir de ponerle una edad creíble, una edad que no sobrepase ese límite de lo que se supone debe vivir un ser humano. Ante el grupo se situaba un espécimen que parecía provenir de tiempos remotos, pero sin haber utilizado ningún tipo posible de máquina del tiempo, sino que había vivido día a día y segundo a segundo cada uno de los siglos. Sus manos no eran más que mortecinas ramas secas, y de ellas colgaban largas uñas amarillentas que parecían no haber sido cortadas nunca. Calzaba unas deshilachadas sandalias que dejaban al descubierto dos cadavéricos pies, más propios de la exhumación de algún antiguo nicho que se traslada a un osario. El silencio sepulcral se vio cercenado de cuajo por una voz honda, resquebrajada, como venida del fondo de un viejo pozo abandonado:

— ¿Quiénes coño son éstos, Ed?

La estupefacción más absoluta del abigarrado racimo de cuerpos atenazó la lengua de sus temblorosos componentes. Unos segundos, que se hicieron eternos, terminaron con una tajante aseveración de Ed:

—Amigos. Hemos venido a pasar unos días. Espero que no haya problema.

—Creía que lo habías entendido, muchacho, pero ahora veo mi error —contestó el contrariado ser pleustocénico.

—Descuida, son de confianza. Responderé yo por ellos —dijo Ed con tono conciliador, con ese tono que se pone cuando se trata de obviar una advertencia previa, pero con la intranquilidad que da el haber violado una norma, tal vez no escrita, pero entendida claramente.

—Pues debes comenzar a responder —volvió a atacar el ser—, porque en el camino norte de la plantación acabo de encontrarme inconsciente a uno de tus “amiguetes” haciendo uso ilícito de lo que sabemos. Así que espero que no se repita.

Y tras decir esto, el arcaico homínido se perdió en medio de la oscuridad, que daba sus últimos coletazos a favor de una luz que avanzaba un nuevo día.

Cariacontecidos, las caras de los seis buscaban una explicación que se hacía esperar. La primera en explotar fue Arenas, que se había desprendido del abrazo de Ed en cuanto el vejestorio sin igual se dirigió a él.

—¿Qué coño significa todo esto, Ed?

—Ha sido un día muy largo. Acostémonos, descansemos y mañana os lo explicaré todo. Dark, Chufowski: id a buscar a Ícaro. Quizá no haya sido tan buena idea venir aquí.

De repente, recién salido de su estado de shock, Jony, con sus venas henchidas de adrenalina, suspendió del cuello de la camisa a Ed.

—¿¡Pero qué hostias es todo esto!? ¿Qué te has creído? Primero la luz, después el intruso, más tarde la nota del barco, ahora el muerto viviente éste. ¿Y quieres que nos vayamos a dormirla sin más? Creo que te estás confundiendo, amigo.

—Basta –medió Mem con tono conciliador, acercándose a ambos para tratar de separarlos, con la mala suerte de volver a pisar el maltrecho dedo meñique de Jony—. Creo que debes preparar una buena explicación, Ed. No tengo ni idea de qué va todo esto, ni de qué coño pintamos aquí. Pero en mis condiciones tampoco creo que consiguiera entenderlo. Al menos hoy no. Me voy a la cama, tíos.

—¡Pues aquí os quedáis, joder! Yo no aguanto más mamonadas. Creo que he tenido suficiente —añadió Jony fuera de sí.

Duckland marchó tras los pasos de Jony, sin ser capaz de articular palabra, acaso influida por la poca costumbre de ingerir tal cantidad etílica. Arenas lo había hecho antes, acompañando a Mem. Ed se quedó inmóvil, en el quicio de la puerta. Pensativo, acaso buscando la mejor explicación para resolver el embrollo, maldijo el día que decidió invitar a aquel solitario y fantasmagórico pueblo a sus colegas de blog. De repente, una inesperada y fría mano devolvió a la tierra con sobresalto al abstraído Ed:

— Ed, tronco, ¿y toda la peña? –dijo un desencajado y ojiplático Prometeo.

— Una larga historia, amigo, una larga historia.

sábado, 19 de abril de 2008

V. Un orujo maravilloso

Todos observaban en silencio los restos del cofre y su macabro contenido, y nadie osó pronunciar palabra hasta que una voz, templada pero inquieta y surgida de un viejo sofá al otro extremo de la sala, quebró en mil pedazos el plomizo silencio que se había apoderado de la casa. Era la voz de Ícaro:

—Tenía que haberlo visto, las señales estaban ahí, ante mis ojos, y no las vi.

—Explícate —exigió Ed, que se había aproximado al viejo sofá.

—Tal vez no os guste lo que voy a contaros, pero creo que debéis saberlo. Antes de venir he investigado un poco la zona en Internet, ya sabéis, rutas, atractivos turísticos, cosas así, y he hallado ciertas noticias inquietantes acerca del lugar, extrañas desapariciones en la zona a lo largo de muchos años. Los primeros registros datan de 1880, y en ellos se narra la desaparición de un grupo de jóvenes que no dejaron ningún rastro, ni el más leve indicio de su paradero. Después de eso ha habido muchos más casos a lo largo de los años, extraños ahogamientos de experimentados nadadores, más desapariciones, cientos de personas desaparecieron en este lugar y los cadáveres recuperados apenas superan la veintena. Casos sin esclarecer... Volví sobre mis pasos y me sumergí en el primero de ellos, contrastándolo con ciertas supersticiones locales, pues siempre me han fascinado este tipo de temas. Bien, el caso es que averigüé que estos jóvenes habían estado implicados en un extraño suceso del que aún hoy se habla, eso sí, como si fuese una leyenda. La leyenda cuenta que en esta zona habitaba un viejo pescador, huraño y esquivo, que solo se relacionaba con las gentes del lugar para ofrecer sus productos del mar a cambio de víveres para su consumo. Decían que practicaba la nigromancia y que guardaba una gran fortuna enterrada en algún lugar de esta misma zona. Y así los jóvenes movidos por la codicia y despreciando la superstición se dirigieron a la cabaña del viejo.

»Nunca más se volvió a saber de ellos ni del pescador nigromante. Una expedición de aldeanos furiosos se dirigió al lugar en busca de los jóvenes, pero todo había desaparecido: el viejo, los jóvenes e incluso la cabaña. Solo quedaba en el lugar el barco del viejo: aquél que una vez había sido de vivos colores y robustas velas blancas, era ahora del color del azabache, y sus velas amarillentas caían sobre los raídos mástiles como amarillos sudarios.

»Desde entonces dicen que el espíritu del pescador vigila la zona y protege su tesoro de aquellos osados que aquí se adentran. En fin, leyendas ¿O no? Y esto es todo lo que sé. Ahora he de salir, he de confirmar algunas sospechas, si me disculpáis. Prometeo, ¿querrías acompañarme?

—Claro que sí, amigo. Pero..., ¿a dónde vamos?

—Pronto lo sabrás, Prometeo. Pronto todos lo sabréis.

Y sin pronunciar más palabras, se dirigieron a la puerta y desaparecieron en la oscuridad de la noche.

—¡Dios! —dijo Dark.

—No sé qué pensar, es inquietante pero solo son leyendas, ¿o no? ¿Ed?

—Bueno, las leyendas siempre tienen una base real, y las desapariciones están documentadas... Aquí las corrientes golpean con fuerza y el mar es muy traicionero, posiblemente la leyenda se construyera en torno a esos sucesos. Y sobre que el viejo existiese realmente..., ¡qué se yo!, pero espíritus..., ¡anda ya! Yo creo que Ícaro estaba algo bebido.

Duckland se incorporó a la conversación:

—¿Pero cómo los habéis dejado salir? Puede ser peligroso, es tardísimo y, espíritu o no, hay alguien más en la zona que no es del grupo. ¿Quién, si no, dejó esa maloliente maqueta?

—Yo estoy con Ed —replicó Arenas—. Creo que el aire de la noche le sentará bien, y algo perjudicado sí que iba. ¿No habéis visto la petaca en forma de calavera que lleva? A mí me la enseñado e incluso me ha ofrecido amablemente que lo probase, pero el olor tira para atrás. Jony, tú lo has probado, ¿no?

—Sí. Y ojalá no lo hubiera hecho, porque me dio unos retortijones tremendos y encima sabe a disolvente. Menos mal que tengo un estomago a prueba de balas.

—Escuchadme un momento —dijo Chufowski—. Dark, ¿recuerdas el pequeño paseo que dimos antes de la aventura de la Santa Compaña? ¿Recuerdas la plantación? Dime, ¿recuerdas?

—¿La plantación? ¿Qué plan...? ¡Dios! ¡La plantación! Sí. Una plantación enorme de marihuana a unos pocos cientos de metros, íbamos a contároslo y... ¡Dios, Chufowski! ¿Cómo pudimos olvidarnos?

—No sé... —respondió Chufowski tímidamente. De nuevo Ed buscó una respuesta racional a la cuestión.

—Veamos, así que..., una plantación de maría, ¿no? Eso lo explica todo. Probablemente la plantación pertenece a unos rastafaris que, atraídos por el apartado lugar y conocedores de la leyenda, se aprovecharon de que ésta mantenía a los curiosos alejados, instalaron aquí su pequeña porción de jardín del edén, y todo marchó sobre ruedas hasta que la Santa Compaña llegó al lugar justo cuando se acerca la recolección. Eso es un problema para ellos y tratan de solucionarlo acojonándonos, eso es lo que creó yo.

Todos se quedaron pensativos tratando de asimilar esta teoría, hasta que Dark dijo:

—Ed, querido, ¿tú conocías la existencia de la plantación?

—Dark, ¿Como puedes pensar eso de Ed? —respondió Arenas a la pregunta—. Ed no conocía la existencia de tal lugar hasta esta noche, estoy segura. Díselo, Ed. ¿Ed?

Ed iba a contestar tras tomarse unos segundos para tomar aire, pero fue interrumpido, ¿o tal vez salvado?, por la entrada en la casa de un hombre con el cabello alborotado y el rostro desencajado por algo que lo oprimía. Era Prometeo, que regresaba de la excursión nocturna, y con paso apresurado y jadeando se dirigía hacia ellos.

Duckland, claramente preocupada, se dirigió a Prometeo:

—Por Dios, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está Ícaro? Tienes una cara horrible. ¿Ocurre algo?

—No, no, no pasa nada. Ícaro se ha quedado algo rezagado, viene algo pedo, tiene un orujo terrible que sabe como a disolvente, me lo ha dado a probar y, ¡Dios!, qué fuerte es, me ha dado unos retortijones terribles... Lo siento, pero vengo apurado.

Y sin dar tiempo a más preguntas, se dirigió raudo hacia el cuarto de baño, con una agilidad insólita en un hombre en tal circunstancia.

Las débiles puertas del aseo no pudieron contener los alaridos infrahumanos proferidos por Prometeo, que desató un pequeño infierno en tan pulcro lugar.

Grandes carcajadas llenaron la casa, la tensión desapareció y las preocupaciones se esfumaron por un breve momento, de esos que llamamos irrepetibles. Sin embargo, todo se quebró como el frágil hielo bajo un peso muerto. Un alarido de condición aún más infrahumana se impuso a los gritos de Prometeo desde el exterior de la casa. Las risas cesaron y los presentes enmudecieron. Rápidamente todos se dirigieron a puerta. Bueno..., todos no. Prometeo estaba ocupado en su batalla personal. Una vez fuera inspeccionaron los exteriores de la casa: nada en el porche, ni en los laterales, pero en el patio trasero, oscuro y mal iluminado... ¡OH! ¡DIOS MÍO¡

miércoles, 16 de abril de 2008

IV. El regalo del décimo

Nuestro personaje número diez se escabulló entre las sombras, mientras los otros decidían quién sería el elegido para buscar a los demás..., sin ponerse de acuerdo. Surgieron multitud de opciones para tentar al destino, pero pronto quedó claro que debían elegir un método relacionado con las palabras.

La cuestión se resolvió en un momento. El elegido para buscar a los otros sería el que más se aproximase al número de palabras de una página al azar de un libro. Chufowski sacó un ejemplar de El cartero y lo abrió por la página 273. Se dijeron varias cifras, y Duckland fue la que ganó con una aproximación bastante precisa. Con una sonrisa pensó en lo fácil que había sido... La encuadernación era tamaño crown..., a unas nueve palabras de media por línea, unas treinta y ocho líneas..., y restamos quince por los puntos y aparte de los tres párrafos que se adivinaban desde lejos. Un juego de niños.

Ocho de las nueve almas fantasmagóricas se derramaron por las diferentes habitaciones. Duckland se quedó en el salón contando hasta cuarenta, y nuestro misterioso décimo llevó a cabo su plan con maestría: como si de un jugador de bolos se tratara, realizó un lanzamiento perfecto y un oscuro objeto cruzó el pasillo deslizándose sin hacer ruido.

El juego duró muy poco. Nada más comenzar y entre el barullo de risas, Jony clamó de nuevo al cielo mientras se retorcía en el suelo agarrando con ambas manos el dedo meñique de su pie. Ahí estaba el cofre..., de nuevo. Hasta Duckland paró de contar: tan exageradas eran las exclamaciones de Jony, golpeado en el mismo sitio por segunda vez.

—¿Quieres hielo? — dijo Ícaro.

—No, quiero cerveza — respondió el accidentado.

La última en llegar fue Arenas, que, al ver a Jony bien atendido, siguió adelante en el pasillo, tocando al pasar en el hombro a Ícaro y Prometeo. Ellos entendieron el mudo gesto y fueron tras ella. Había alguien más en la casa, eso estaba claro para todos.

Rápidamente fueron dejando a los lados habitación tras habitación, acelerando el paso cada vez más, y no hizo falta llegar a la última habitación del pasillo. Una ventana oxidada por la sal del mar lanzó su grito de aviso, delatando la posición del desconocido: si no lo hubiera hecho la ventana, lo habría hecho la maldición que soltó al caer sobre los rosales.

A estas alturas todos habían llegado a la habitación. Ed. Expunctor se quejó por los rosales, Jony se quejó por su meñique y el resto se quejó por no haber pillado al intruso, y comenzaron rápidamente las elucubraciones sobre quién y por qué había entrado en la casa. Dark llegó al momento con el cofre y todos se situaron alrededor. El cofre no se dejaba abrir, y ellos no podían esperar. Realizaron algunos intentos mediante la fuerza bruta, otros aún más frustrantes con horquillas de pelo y al final recurrieron al serrucho..., para pesar de la hermandad.

Dentro, una maqueta de un barco con un post it amarillo:

Necesito saber que queréis jugar.
Necesito saber que queréis creer.

martes, 8 de abril de 2008

III. La identidad de las ánimas

Para aquella comitiva tan divertida como la muerte la noche aún estaba por acabar de nacer.

Cada una de aquellas cabecitas dejaba caer, de cuando en cuando, un pequeño suspiro, una leve sonrisa, un temblor en sus labios. Y solo perceptibles por ellos mismos. Todos y cada uno de ellos estaban atravesando una pequeña crisis existencial. No había facultades que enseñaran a expresar sentimientos tan encontrados como saberlo todo de otra persona sin recordar siquiera el color de sus ojos, el olor de su piel. Igual de difícil que lidiar con nombres que, si bien evocaban paz de espíritu o respeto al golpe de lectura, dejar escapar silabas por la garganta resultaba, llegando al extremo, sobrecogedor.

Tal vez por eso evitaban llamarse los unos a los otros y se daban órdenes divertidas, generalizadas, evocadoras como sus nombres de letras. Y eso fue lo que hizo Ed. Expunctor cuando decidió que ya era hora de dar la vuelta. Había intentado desenredarse del cirio encendido, la sábana y el grupo de almas en pena penita pena que llevaba por las calles de su estío infantil, pero en silencio sentenció para sí mismo que, dado que no portaba llave alguna, había dejado la puerta de casa abierta.

Mem señaló, mientras tomaba aire al deshacerse de su mortaja de pega, la endiablada cantidad de horas que llevaban sin probar bocado, algo en lo que, si bien algunos no parecían darle importancia, no dejaba de tener razón. A lo lejos refulgía el desahuciado neón plastificado de una repostería panificadora. Algo ilógico en sí mismo, dada la ausencia de electricidad en el pueblo entero. Sin duda era extraño pero, al igual que tantas veces aquella noche, ninguno dijo nada. No sería sino el principio de una larga lista de sucesos que gozarían del privilegio del absurdo.

Y nada mejor que un tentempié para la Santa Compaña.

Jony, Arenas y Ed comenzaron a juntar monedas sueltas mientras el resto les sostenía los cirios encendidos. Dark Sunrise espetó, tan autoritaria como segura de lo que estaba diciendo, que no se podía permitir el apagar aquellos cirios. Ni ella ni ninguno de los demás. Formáronse así dos grupúsculos siniestros: un coro de cabezas altas que recogía las almas vibrantes de las llamas y el coro de cabezas bajas que juntaban monedas de níquel y cobre para poder optar a una cena relativamente decente.

Habían vuelto ya a la casita de Ed. Expunctor cuando Ícaro ya estaba tomándole el pelo por haberse dejado la puerta abierta. A su lado, recogida la sabana a modo de toga, Prometeo devoraba el último bocado de su pizza fría. Tras ellos, Duckland sonreía mirando el techo de la habitación mientras escuchaba la retahíla de apocalípticas maldiciones de Dark Sunrise contra Chufowsky, quien había apagado su vela a golpe de pulgar. Por detrás llegaban Jony y Mem, que iban comentando las cualidades de las llamas encendidas para guiar a los espíritus errantes por el más allá y el más acá. Arenas sonreía detrás, silenciosa y absorta.

Los fantasmas se resistían a abandonar sus sabanas. Cualquiera podía suponer que era una rudimentaria forma de máscara socializadora, un escudo protector que hacía olvidar por un segundo lo raro de poner voz a las palabras mil veces leídas. Con sábanas y todo, la mayoría seguía acariciando pareces y dobleces mientras Ed y Chufowsky intentaban encontrar vasos sobre los que dejar las velas encendidas.

Prometeo sugirió volver fuera, concretamente a la arena de la playa y, una vez allí, contar historias de terror. Ícaro levantaba los dedos índices y todos sabían por qué. Nada mejor que un oriundo gallego para contar las mejores historias de terror. Pero pronto la idea fue desestimada. Arenas pronunció una palabra que volcó el parlamento a su favor. Tinieblas. Podían jugar a las tinieblas.

Si alguno no sabía lo que era decidió permanecer callado. Quien sí lo sabía bien era Duckland, que parecía saber una alternativa al juego del escondite tenebroso que, al parecer, incluía acabar sin ropa alguna. Aquello, obviamente, provocó sonrisas generalizadas, que era lo máximo que pretendía aquel comentario.

Arenas lo explicó. Alguien, elegido al azar, debería buscar en la oscuridad de la estancia a cualquiera de los asistentes. Cuando lo tuviera bajo sus garras, debía adivinar de quién se trataba por el tacto, pues el juego, ya fuera en la variante que fuera, prohibía palabra alguna.

Eso presentaba una gran dificultad. ¿Cómo saber de quién son estas mejillas si, aunque hablase, no podría reconocerle? Mem brilló. Ya que tampoco tenían pleno conocimiento de sus voces, la presa debería recitar como buenamente le fuera posible un fragmento de su último post para que el captor pudiera adivinar de quién se trataba.

Se hizo el silencio. Unanimidad concertada. Aquello era complicado. Algunos contaban con la ventaja de que ya se conocían. Otros prefirieron hacer uso de sus facultades para el camuflaje. Y finalmente y pese a las réplicas y rezongas de Dark Sunrise, puesto que nuevamente le había tocado ser la primera cazadora, decidieron apagar hasta la última llama. Y después, el silencio. Pequeños suspiros, leves sonrisas, temblor de labios y, por qué no decirlo, una pequeña punzada en cada uno de los diez estómagos que muchos podrían decir que, en su mayoría, todas se parecían bastante al miedo.

Espera, ¿diez?


lunes, 7 de abril de 2008

II. Entre sombras y sábanas

Lo primero que hicieron tras el apagón fue utilizar sus teléfonos móviles a modo de gusiluz. Mientras la mitad miraba el cuadro de luces, intentando recordar algún programa de bricomanía para actuar, el resto permanecía presionando una y otra vez los botones de sus respectivos teléfonos para conseguir iluminar el escenario. Sólo DarkSunrise utilizó el móvil para llamar a la compañía hidroeléctrica y ponerlos a parir. Aunque lo único que consiguió fue que la informaran de que, al menos durante esa noche, no habría suministro eléctrico en todo el pueblo costero.

Se adentraron en la casa en busca de alguna fuente de iluminación que durase algo más de tres segundos. Durante el recorrido se creó un silencio desconcertante y la seguridad de estar rodeados de gente en la penumbra corrió por cuenta de los agudizados sentidos de todos ellos. De repente escucharon un fuerte ruido, acompañado de un lamento. Todos se sobresaltaron. Algunos hasta agarraron con fuerza el brazo del sujeto más próximo. Pero la incertidumbre cesó tan pronto como Jony comenzó a maldecir el baúl con el que se había tropezado.

Jony alumbró con su teléfono el baúl, como queriendo quedarse con la cara de quien le había atacado a traición en la oscuridad. Todos observaban aquel cofre con curiosidad. Tuvo que ser Mem quien se acercara a inspeccionarlo. Acertó a describirlo minuciosamente a quienes se encontraban más alejados. Era de nogal y tenía talladas en relieve una serie de hojas que simulaban las enredaderas que forman las hiedras en las fachadas. Mientras especulaban sobre el objeto, Chufowski pasó a la acción y se dispuso a abrirlo impulsivamente ante la atenta mirada de los demás. Justo antes de levantar el pasador, advirtió que en la cerradura había un grabado con las siglas M.E., pero prefirió no comunicárselo al resto.

Dentro del misterioso baúl encontraron una docena de cirios blancos. Miraron confusos a Ed. Expunctor, dueño de la casa, quien tuvo que confesar que pertenecía a la Cofradía del Cristo de los Velones y que, probablemente, alguien habría guardado ahí sus utensilios de nazareno. Arenas comenzó a colocar las enormes velas en torno a una elipse imaginaria. Sólo cuando la geometría había alcanzado su perfección, encendió las respectivas mechas con cuidado de no quemarse.

A todo esto, Prometeo y Nuevo Ícaro se miraron, sonrieron y comenzaron a trazar un plan en voz baja. Tras varios gestos de conformidad, preguntaron al unísono si había en la casa sábanas suficientes para todos. En ese momento el ambiente se impregnó de un interrogante masivo. Prometeo agarró una de las velas y recorrió la casa en busca de su botín. Mientras, Nuevo Ícaro explicaba que, dadas las circunstancias y tras el reciente descubrimiento de las velas, se les había ocurrido hacer una pequeña performance inspirada en la leyenda gallega de la Santa Compaña y recorrer el pequeño pueblo costero de esa guisa.

Antes de que el resto se hubiese pronunciado, Prometeo ya había recopilado nueve sábanas blancas. Duckland se colocó sin pensar una de ellas y tomó su correspondiente cirio a juego. Se plantó en el dintel de la puerta con una sonrisa de oreja a oreja y animó efusivamente a los demás a hacer lo propio con premura. Aunque no todos estaban convencidos, al final se llevó a cabo el improvisado desfile de las ánimas. Y dicen los aldeanos, que vieron desfilar a un extraño grupo de muchachos por sus calles, que aquella fue la noche más extraña de cuantas acontecieron en el municipio hasta la fecha.

domingo, 6 de abril de 2008

I. De cómo empezó todo

PERSONAJES POR INERCIA

Novela por entregas

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Autores y protagonistas
Arenas
Chufowski
Dark
Sunrise
Duckland
Ed. Expunctor
Jony
Mem
Nuevo Ícaro
Prometeo
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El día que quedaron, un martes de mayo, hacía un sol de justicia divina propia del Antiguo Testamento. Más que de luz solar, los rayos parecían de napalm. Se notaba por sus caras que Prometeo, Nuevo Ícaro y Chufowski estaban algo cansados, pues no en vano habían hecho un largo viaje hacia el trópico murciano desde el norte de España. De otro lugar mucho más cercano venía Mem, que desde tierras andaluzas había llegado a Murcia, pero su viaje no tenía parangón con el de los anteriores, que habían comido raíles y kilómetros y horas para llegar hasta aquella estación prehistórica donde habían decidido reunirse para conocerse, después de tanto tiempo leyéndose e intercambiando comentarios. Había llegado el momento en que pasaban del plano virtual al real: dejaban de ser letras y se convertían en seres de carne, hueso y palabras.

Los primeros en llegar a la estación del Carmen fueron Jony, Arenas y Ed. Expunctor, que ya se conocían de antes y habían estado tomando un café para hacer tiempo en una cafetería frente a la estación. Duckland y Dark Surnrise, que también se conocían, llegaron juntas desde algún rincón de Murcia. Los cinco se juntaron en la estación a la espera de que llegasen los otros tres en sus respectivos trenes, pero no dijeron ni una palabra. Enseguida llegaron Prometeo, Ícaro, Chufowski y Mem, en trenes distintos pero casi simultáneamente. Los recién llegados tampoco dijeron nada y no les costó reconocer a aquellos cinco que esperaban, en pie, justo en medio de la estación, portando un cartel en el que se leía: “Somos los del safari”, en letras rojas sobre fondo blanco.

Segundos después, tras unos apretones de mano y unos besos, sin mediar palabra, estaban los nueve en la puerta de la estación, dispuestos a pasar unos días inolvidables. No fue raro ni curioso que nadie dijera una sola palabra. Era una de las condiciones impuestas. Nadie podría hablar hasta el anochecer.

Se distribuyeron en dos coches y emprendieron el viaje a la playa, donde iban a pasar tres días en casa de Ed. Durante el viaje escucharon música, se observaron, se rieron, se comunicaron por señas y por escrito, salvo los conductores, cuya distracción sería fatal y estaban, por tanto, excluidos de aquella extraña forma de comunicación. Aquella norma del silencio, como la que Don Quijote le impuso a Sancho, era absurda, pero su virtualidad expiraría en breve, porque el cielo empezaba a teñirse de un color anaranjado que pronto se tornó violáceo y espeso. Desaparecieron las gafas de sol y, con ellas, casi todo el sol, que ya estaba agonizando.

Sólo hubo un percance a lo largo de aquellos sesenta kilómetros. Los que viajaban en el segundo coche —Dark Sunrise, Prometeo e Ícaro, conducidos por Duckland— vieron cómo un Mercedes plateado adelantaba peligrosamente al coche de los otros, conducido por Ed. Expunctor, por la derecha. Por unos segundos se temieron lo peor, pero todo quedó en un susto. Los del primer coche llenaron el habitáculo de improperios: Arenas, Ícaro, Jony y Mem profiriendo insultos contra aquel Mercedes, cuyo modelo y matrícula se ocupó Expunctor de anotar en su memoria para dedicarle unas palabras.

Minutos después de llegar a su destino cayó la noche y, con ella, el mandamiento del silencio. Por fin pudieron comenzar a hablar, y lo hicieron largo y tendido. Tras volver a presentarse, esta vez verbalmente, intercambiaron información personal sobre estudios, trabajos, edades, pasiones... Literatura, videojuegos, informática, música, política, religión... Extensa y amena la charla, las risas se multiplicaban y el alcohol y el humo fluían como las aguas del Niágara. Todo iba de maravilla hasta que se fue la luz. Al principio Expunctor pensó que no pasaba nada, que era cuestión de fusibles, pero no se trataba de eso, sino de un apagón general: cuando se asomó a la calle, las farolas estaban apagadas y la luna apenas era una brecha minúscula en el firmamento vacío de estrellas. Y aquel martes de mayo, bajo un cielo negro con una negrura propia del alma de Satán, no había nadie en kilómetros a la redonda en aquel pueblecito de playa abandonado por la mano de Dios.