viernes, 2 de mayo de 2008

XI. El viaje y el astrolabio

Cuando Arenas y yo invitamos a Chufowski, Dark, Duckland, Jony, Mem, Ícaro y Prometeo a mi casa de la playa pensamos que pasaríamos un fin de semana divertido y agradable, pero la cosa empezó a desmadrarse a las pocas horas de llegar. En concreto, al poco tiempo del botelleo, que fue sin duda la mejor parte. Ahí todo fue bien: bebimos, fumamos, charlamos, nos reímos. Pero al cabo de una hora y pico empezaron las paranoias de la gente. De todos, excepto mías, y por eso he deducido que alguien puso algo en la bebida. Yo no bebo, y mi condición de abstemio casi siempre suscita algún comentario infantil en gente de mi edad, cuando no incredulidad.

A los pocos minutos de llegar a mi casa de La Torre de la Horadada, Ícaro ya estaba sirviendo la bebida. Como no preguntó, puso nueve copas de Ron Matusalem. Cuando le dije que no bebo, me miró con el ceño fruncido y dijo:

—Pues..., tú te lo pierdes. Yo me beberé la tuya.

Y se bebió la mía y unas cuantas más. Los demás también bebieron, pero Ícaro se llevó la palma: además de los rones, de vez en cuando se echaba al gollete un trago del orujo que llevaba en su petaca.

Después de hacer un rato el gilipollas por las calles de La Torre con unos cirios que se guardan en mi casa en un baúl que hay en el salón para cuando hay apagones, que son frecuentes, y cubiertos por unas sábanas que tendré que reponer antes de que mis padres vayan, y después de comer unas empanadillas y unas pizzas frías que compramos en la Confitería Saura, en el Pueblo Latino, volvimos a mi casa. Supongo que ése fue el momento en el que les subió lo que quiera que sea que Ícaro puso en la bebida, pues no me cabe ninguna duda de que fue Ícaro. Yo nunca había visto una sucesión tan trastornada de alucinaciones y delirios.

Sin embargo, lo peor de todo lo que pasó aquella noche fue que nadie me hacía caso. No sé si porque yo no estaba conectado con su alucinación o qué, pero hasta Arenas me ignoraba. Yo trataba de explicarles lo que les estaba pasando, mas en vano.

La primera paranoia colectiva que sufrieron —porque sufrieron varias y, por lo que observé, se las contagiaban unos a otros— fue la de que había un desconocido en mi casa. ¡Un desconocido! ¡Pero si es mi amigo y vecino de la playa desde hace treinta años! ¿Cómo pueden ocho personas llamar desconocido a un amigo mío? Es más, ¿cómo pueden Arenas y Jony llamar desconocido a mi amigo Markatwo, al que ellos conocen personalmente? Está claro que, en su desvarío, fueron incapaces de reconocerlo.

Antes de proseguir tengo que pedirle disculpas, públicamente, a mi amigo Markatwo. Le dije que ese fin de semana no pensaba ir a la playa, de modo que no me extraña que se enfadara cuando vio que, además de ir, había invitado a un montón de gente sin decirle nada y sin invitarlo a acompañarnos. Y para colmo Ícaro se metió en su jardín y le destrozó sus plantas de hierbabuena, que él cultiva con tanto cariño y tanto celo para hacerse sus tés. Hierbarbuena, menta sativa, no marihuana, cannabis sativa, que es lo que Ícaro, bajo los efectos de lo que echó en la bebida, creía que era.

Prosigo. Resulta que casi todos creían que mi amigo Markatwo era un ser de ultratumba que dirigía una tribu de rastafaris que viven en su jardín. Esto según Ícaro, pero, como he dicho, los ocho se iban contagiando las paranoias, y si no ahí tenemos el caso paradigmático de Arenas y Duckland: ésta con un libro que cogió del mueble del salón, Relación de cartas de Hernán Cortés, y aquélla con otro libro, Curso básico de navegación, un libro entre cuyas páginas había una foto del salón de mi casa y que, por lo demás, me regaló mi amigo Markatwo, para más señas surfista por vicio y marinero por oficio. No soltaron los libros en toda la noche. Parecía que los libros eran su alma y que si los perdían iban a morirse.

Y eso por no hablar del encabezonamiento que tenían con el barco. Que si el barco por aquí, que si el barco por allá. Yo nunca habría sospechado que un barquito de madera que adorna el mueble del salón pudiera dar tanto juego. Qué obsesión con el barco, por Dios, y todo porque alguien lo echó dentro del baúl de las velas. Parecía, al igual que los libros, que contuviese el secreto de la eterna juventud, o no sé si es que el post-it que había pegado al barco hizo surgir en sus mentes parturientas algún misterio insondable que se empeñaron en resolver. Arenas y Duckland se empecinaron en las conspiraciones tipo Expendiente X y, como he dicho, se lo contagiaron en gran medida a los demás, porque todos leyeron: Necesito saber que queréis jugar. Necesito saber que queréis creer, pero allí no había escritas sino dos frases sacadas de una obra de teatro de Peter Pan: Necesito saber que queréis jugar, necesito saber que no queréis crecer.

No sé las veces que traté de explicarles a todos lo que pasaba, pero no fue posible. Yo hablaba, pero nadie me escuchaba. Se enfadaron conmigo, querían explicaciones; yo explicaba; no me escuchaban; me acusaban de ocultarles la verdad. Tanto es así que Arenas y Duckland se fueron de extranjis por el patio interior y subieron a la buhardilla, donde, para más inri, había una foto de un barco. Coño, que estamos en la playa: cómo no va a haber barcos y fotos de barcos. Anda que si llegamos a ir a casa de Markatwo, que tiene un barco de verdad... La foto del barco: un snipe, el primero que tuvo Markatwo, cuando apenas tenía diez años, en 1985.

La verdad... La verdad está ahí fuera, gritaron a pleno pulmón Duckland y Arenas antes de subir a la buhardilla. Gritando por el pasillo y poniéndose los dedos en los labios, como diciéndose a sí mismas: “No hagamos ruido, que nos van a descubrir”. Por si no fuera bastante con los gritos que daban, tropezaron en la terraza con las losas y tejas de repuesto que apilamos allí, las tiraron y el estruendo fue bestial. Menos mal que no se rompieron todas.

Estas dos iban por su lado, con sus conspiranoias. Luego estaba Ícaro, que se puso muy mal, pero muy mal. Dark y Prometeo salieron a buscarlo al jardín, pero ellos tampoco iban mucho mejor, porque tardaron un buen rato en meterlo dentro de la casa: unos veinte minutos para cogerlo y arrastrarlo unos treinta metros, que es la distancia que hay de mi casa a la de Markatwo. Y yo sentado en el sillón, flipando, aunque no tanto como ellos, pero casi.

Jony, por su parte, se dejó influenciar por los desvaríos de Duckland y Arenas. Su delirio giraba en torno al barco, al post-it y a los números: que si π era el número que contenía cifrada la esencia del universo, que si los libros que ellas habían cogido del mueble del salón revelaban las claves del secreto, que si la nota que había en el barco era un enigma que había que resolver para convertirse en Super-π... Por no hablar de su empeño en que una parte del misterio de π se ocultaba bajo la uña de su dedo meñique, al que maltrató durante toda la noche para intentar que se la desvelase.

Mem, sin embargo, era la más normalita, dentro de lo que cabe. Yo creo que estaba en Los mundos de Yupi, diciendo cosas del tipo: “No..., si aquí no pasa nada..., ya veremos mañana..., seguro que Ed nos lo puede explicar...”. Al principio pensé que me estaba acusando a mí de ser culpable de su situación, pero enseguida comprendí que de lo que se me acusaba era de tener algo que ver con los sucesos que ocurrían en su mundo alucinado.

El que menos problemas dio, además de Mem, fue Prometeo. No sé qué fue lo que le sentó mal, pero se tiró casi toda la noche en el baño. Entraba, se quedaba ahí un rato, salía, entraba, se quedaba otro rato, salía... El baño estuvo ocupado casi toda la noche, y con el olor que había allí dentro me vi obligado a salir a la calle a echar una meada por no entrar.

Precisamente, cuando salí a la calle para evitar el olor del baño aproveché para abrir el grifo del jardín y dejar salir el agua para regar las plantas. Craso error. Nada más abrirlo vi a Chufowski mirándome con los ojos abiertos como platos. Cuando vi cómo en su cara se dibujaba una expresión de terror pensé que no: “Que no se le vaya la olla más...”. Pero nada más lejos de la realidad, literalmente: nada había más lejos de la realidad que lo que Chufowski pregonó por la casa, contagiando a los demás con su locura. Que si la casa se hunde, mirad por las ventanas, que se la traga el mar... Me cogió de la mano y me llevó casi arrastrando a la habitación de mi hermana, sacó una colchoneta de Las supernenas de una bolsa de plástico que había debajo de la cama y volvió al salón gritando a pleno pulmón que el mar estaba arrancando la casa de la costa.

Semejante alucinación provocó el caos más absoluto de la noche. Yo, de pie en medio del salón, veía cómo todos se dedicaban a correr por la casa y a asomarse por las ventanas. Tenía una mínima esperanza de que no se les contagiara el delirio, pero las cosas no suelen suceder como uno espera. Y allí estaban todos gritando como locos, desesperados, preguntándome que qué pasaba, pero yo hacía tiempo que había optado por callar y darlos por casos perdidos.

Era para verlos. En otras circunstancias me habría reído, y mucho, o mejor: en otra casa me habría reído mucho, pero en mi casa no tenía tiempo: me faltaban manos para impedir que la destrozaran, aunque no pude evitar que Prometeo trasteara los cables de la lámpara de pie mientras gritaba, histérico, que los cables que unían la casa a la tierra iban a romperse tarde o temprano. Poco antes de que Prometeo arrancara los cables de la lamparita, Arenas se dedicaba a pasar las hojas del Curso básico de navegación, mientras le decía a Duckland que en el libro se recogía un caso similar de unas casas californianas que se hundieron en el mar, un dato que le sirvió a Jony para señalar la posibilidad de que el número π hubiese determinado una interferencia gravitacional cuyas consecuencia primera era la falta de cobertura en los móviles.

Ante los chillidos agónicos de Ícaro, que se quejaba de que iban a morir todos, traté de calmarlos diciéndoles que allí nadie iba a morirse, que se tranquilizaran, que era todo una alucinación, que mañana, cuando nos tomáramos un café en Inercia, una cafetería que hay en la plaza del Pueblo Latino, nos reiríamos un rato.

Era para verlos.

—¡Que se hunde la casa, que se hunde la casa! —gritaban unos.

—¡Subiros a mi muñeca, subiros a mi muñeca! —gritaba Chufowski.

Y allí estábamos los nueve, en medio del salón, apiñados sobre la colchoneta de Las Supernenas. Yo no me subí: me arrastró la masa humana que formaron los ocho al lanzarse sobre la colchoneta, que reventó cuando caímos sobre ella. Arenas y Duckland llevaban los libros en la mano, para que no tocasen el suelo; Jony puso el barco en medio de la colchoneta para evitar que se mojase; Mem, aterrorizada, señalaba el suelo con el dedo y alertaba, convulsiva, sobre la presencia de pirañas; Prometeo le informó de que no eran pirañas, sino medusas; Dark, por su parte, propició la siguiente visión: ¡Un barco, un barco!, gritaba, señalando el sofá.

El aviso de Dark dio lugar a una estampida: todos se arrojaron al suelo, salvo Jony, que se quedó con la oreja pegada a la colchoneta. Enseguida le dijo a Chufowski, que trataba de remolcarlo hasta el sofá, que la colchoneta le había dicho que éramos todos una sola carne, y no me extraña: nueve personas sobre una colchoneta es lo que parecen. También dijo algo de la luz y las tinieblas, supongo que influido por el ambiente que daban al salón las luces de las velas, porque el apagón todavía persistía. En este punto les seguí el juego: mientras estuvieran todos juntos no seguirían destrozándome la casa.

Así que allí estábamos: arrastrándonos por el suelo y escalando el sofá: ¡es-ca-lan-do-el-so-fá! Una vez estuvimos todos arriba, hechos otro amasijo humano, Chufowski se lanzó al suelo, ante el pasmo de los demás, que pensaban que se quería suicidar, para coger la colchoneta y, por si éramos pocos, subirla con nosotros.

De esta guisa estábamos cuando apareció en la puerta de mi casa Markatwo, que entró gritando que qué hacíamos ahí y preguntándome que si íbamos a ir por la tarde a tomar un té al Inercia. Cuando lo vi supuse que serían las seis de la mañana, hora a la que le gusta salir a nadar. La irrupción de mi amigo provocó una suspensión momentánea en los ocho.

Inercia... —susurró alguien, pero tan bajo que no pude saber quién fue: con nueve cuerpos apelotonados sobre el sofá es difícil saber quién murmura—. El barco se llama Inercia... —pero yo me preguntaba que qué tenía que ver Markatwo, que acababa de entrar por la puerta, con el barco. Ni que hubiese salido de debajo de un cojín.

Arenas, asustada, le preguntó si era un pirata y él, ante el panorama que se encontró, me interrogó con un gesto simultáneo de su cabeza y de sus hombros, queriendo decirme:

—Y estos..., ¿qué se han tomado?

Le respondí con otro gesto, agitando la mano un par de veces, queriendo decirle:

—Buas..., ya ves, tronco...

A Markatwo se le iluminó la cara y, en cuanto vi su expresión, me llevé la mano a la cabeza y le eché una mirada, queriendo decirle:

—No seas cabrón y no les sigas el rollo.

En vano. Antes de que me diera cuenta, Markatwo le estaba diciendo a Mem que el barco se dirigía al Mar del Norte a pescar gamburrinos: ¡a-pes-car-gam-bu-rri-nos! Y a nadie se le ocurrió cuestionar tan absurda afirmación: tanto les daban gamburrinos como gluglullitos.

—Y me tenéis que firmar el impreso para viajar en mi barco o, de lo contrario, no tendré más remedio que arrojaros al mar, porque, según la Ley de dependencia marítima, el impreso 32-B es fundamental para tener derecho a alojamiento, comida y vestuario.

Y yo, medio derrotado, les pregunté que qué esperaban de lo que estaba pasando, para hacerme una idea de a qué chifladuras iba a tener que enfrentarme mientras les durase la alucinación.

—Pues yo voy a sacar un reportaje a doble página con una foto abriendo a tres —me dijo Dark.

—Pues yo no sé si tendré orujo suficiente para todo el viaje —fue la respuesta de Ícaro.

—Pues yo necesito ir al baño —apremió Prometeo, que le preguntó a Markatwo si había baño en el barco. Lógicamente, éste le señaló el camino para llegar al baño de mi casa, al fondo del pasillo, la puerta de la izquierda.

Lo último que faltaba era que a Arenas, en su afán conspiratorio, se le ocurriera decir que el barco en el que estábamos era el mismo que el que había en una fotografía de su libro.

Cuando Markatwo me preguntó si luego queríamos ir a comer, que tenía para hacer una barbacoa, Duckland dijo que sí, que estábamos muertos de hambre y que le agradeceríamos mucho que nos diese algo de comer. Decidido a seguirles la corriente, Markatwo entró a la cocina y sacó el pan y el embutido. Mientras tanto, aproveché para poner la radio, y en mala hora, porque creyeron que aquellas voces pertenecían a la tripulación del barco. En cualquier caso, pude decirle a Markatwo que hiciese el favor de, cuando terminasen de comer, llevarlos a una habitación, a ver si se dormían un rato y se les pasaba, pero antes de hacerlo les siguió el juego: se presentó como Ignacio Urrutia Salcedo, Capitán de la Marina, para servir a Dios y a ustedes, muchachos.

Después de decirles cuatro tonterías más, me hizo caso por fin y los condujo a la habitación del fondo. Perdón: nos condujo. Yo era consciente de que si se me daba un trato distinto podría suscitar desconfianza en alguno de los ocho, cuando no en todos, y lo último que quería era que alguien sospechara que “el Capitán Urrutia” y yo nos conocíamos. Eso habría desembocado en acontecimientos que no quiero ni imaginar. Antes de cerrar la puerta, me dijo Markatwo que si luego, tras dormir, estábamos disponibles, nos podíamos dar todos un paseo en su barco, después de la barbacoa y de tomar el té en Inercia.

Era para vernos: nueve personas metidas en una habitación de cinco metros cuadrados. Perdón: nueve personas, una colchoneta con un agujero como un puño, dos camas, una mesilla, una mesa de escritorio y cinco velas, que dejamos sobre la estantería. Con tanto movimiento me temí lo peor, pero a estas alturas ya estaba resignado. Sólo quería que se les pasase el delirio.

Hubo un momento en que pensé que se habían dormido todos: durante unos minutos, no sé si diez o quince, se hizo un silencio sepulcral, pero entonces, cuando ya me estaba haciendo ilusiones, oí cómo Arenas llamaba a Duckland, y otra vez empezó todo: Arenas me llamó a mí, empezaron a levantarse, alguien pisó a alguien. Arenas dijo que no podía encontrar el interruptor, que la pared estaba rara, rugosa, y yo pensé en las velas, en la cera resbalando por la estantería y por la pared hasta llegar al suelo, en la madre que los parió a todos y, cómo no, en mi madre, que me iba a cortar la cabeza.

Pasé como pude entre aquellos cuerpos agolpados unos contra otros y subí un poco la persiana para que entrase algo de luz. Apenas estaba amaneciendo, pero fue suficiente para que pudiera confirmar el desastre que intuía: de la estantería hasta el suelo, la pared estaba llena de cera.

Antes de que pudiera hacer nada para impedirlo, empezaron a salir de la habitación Mem, Dark, Prometeo e Ícaro, y yo me fui detrás de ellos para tratar de controlarlos, sobre todo para que no salieran de la casa.

Cuando volví, después de cerrar las puertas que daban al exterior, me encontré con que Dark, que también había regresado a la habitación, informaba a los que estaban dentro de que había desaparecido todo el mundo y de que sólo había una luz mortecina que se filtraba a través de los ojos de buey; Jony y Duckland miraban el barco —que, al igual que los libros, no habían soltado ni para cenar— como si contuviera el secreto del Santo Grial; Chufowski levantaba a Arenas en peso para que cogiera el antiguo reloj de bolsillo que mi hermano tenía en su estantería, aunque en unos pocos segundos la estantería fue a parar al suelo, casi a la vez que se oía, procedente del salón, un golpe atronador. Yo sólo pude cerrar los ojos e imaginar que aquello no había sido el mueble al volcarse y estrellarse contra el suelo. Segundos después volvían a la habitación Ícaro y Mem, alterados, gritando que no nos lo íbamos a creer.

Al ver lo que Mem llevaba en la mano confirmé que el golpe había sido del mueble. En lo alto del mueble había unos cuantos libros, entre ellos La carta esférica, de Pérez Reverte, libro que me había devuelto la semana anterior mi amigo Markatwo. Pues bien: Mem llevaba en la mano la portada arrancada del libro, una portada con solapa en cuya parte interior, como pude recordar nada más verla, está reproducida la carta esférica que hizo el Capitán Ignacio Urrutia: la costa murciana desde Águilas hasta La Torre de la Horadada.

Yo no sé cuánto tiempo duran los delirios producidos por sustancias psicotrópicas, pero ya superaban las seis horas, y como no sabía cuánto tendría que aguantarlos decidí aprovecharme de las palabras de mi amigo.

Les dije que aquello no podía estar bien, que se fijaran en quién había dibujado el mapa. Cuando todos, uno por uno, confirmaron que el mapa era del año 1751 y que lo había dibujado el Capitán de la Marina Ignacio Urrutia Salcedo, les dije que yo había leído un libro como el que llevaba Duckland en el que se hablaba del Capitán del Inercia. Contaba con la siguiente pregunta, formulada por Arenas:

—Y entonces..., ¿por qué no dijiste nada antes?

—¿Y arriesgarme a que Urrutia se enterase de todo lo que sé? No. Preferí callar y seguirle el juego. De todos modos no podíamos hacer nada. En cambio, ahora sí que podemos hacer algo. Según la leyenda, el Capitán Urrutia y toda la tripulación del Inercia fueron condenados por unos seres extraños a vagar por las fronteras del tiempo y del sueño en busca de una tribu de rastafaris, tribu gobernada por un homínido que posee el conocimiento del enigma contenido en el número π. Según los escritos hallados en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, donde reposan los restos del Marqués de la Ensenada, la única solución al encantamiento del Inercia es el sueño.

—¿Tenemos que dormir? —preguntaron todos, al unísono.

—Si queremos salir de aquí, sí. Es la única opción.

Por fin, después de tanto desmadre, conseguí contenerlos con esta estratagema. A las dos de la tarde, después de dormir todos juntos en aquella habitación, con el olor a cera y a masa humana, empezaron a despertar. Pocos minutos después había comprobado que los efectos del alucinógeno se les habían pasado a todos. Pude explicarles que todo había sido producto de su imaginación, inducida por alguna sustancia que Ícaro echó en la bebida. Sin embargo, Ícaro juró y perjuró que él no había echado nada en ninguna bebida. Seis ceños fruncidos miraron a Ícaro, pero Prometeo alegó que él lo conocía muy bien y que nunca haría eso, sobre todo porque Ícaro no utiliza semejantes drogas.

En cualquier caso, no creí ni a Ícaro ni a Prometeo. Yo estaba seguro de lo que había visto. A Dark, Duckland, Arenas, Mem, Jony y Chufowski se les notaba el mosqueo en la cara.

—Bueno —dije—, de todas formas ya ha pasado todo y estamos bien. Vamos a recoger un poco y nos vamos a casa de Markatwo, que me dijo que tiene la barbacoa en el jardín, y no sé vosotros, pero yo estoy hambriento.

Fue mientras recogíamos y ordenábamos un poco la casa cuando encontré, en la habitación en la que habíamos dormido, un objeto que nunca antes había visto. Cuando pregunté si aquello era de alguien, las caras de los ocho palidecieron al verlo.

—E..., es..., eso..., es... —comenzó a tartamudear Arenas.

—Eso es... —tragó saliva—, es el astrolabio que había en el camarote del Inercia —sentenció Chufowski.

10 comentarios:

Arenas dijo...

Con la primera parte me he reído muchísimo...De sólo imaginarme la situación en el salón de la casa de Ed., y a Jony con la oreja pegada a la colchoneta de las Supernenas, estuve largo rato sin poder parar de reír.
Parece que, finalmente (o supuestamente), todo tiene una explicación racional. Espera..., ¿racional? Es, de nuevo, sólo la explicación y la perspectiva de un personaje.
Gracias, Ed, por las carcajadas compartidas.

Duckland dijo...

Ay, mama!!!
Y además en La Torre!!
Una cosa te voy a decir: si no fuera porque yo ya he escalado sofás yendo hasta el culo de ácido en ese bonito pueblo no te creería posible ubicarme de esa forma!
Pero si hasta me siento culpable por haberte destrozao las tejas de la terraza!!
Y que todavía estoy partiéndome la caja!

Enhorabuena, hermano. Bravo.
Me has alegrado la tarde.

Anónimo dijo...

Joder!!!Los caminos del destino son inescrutables...XDDD.

mem.

Nuevo Ícaro dijo...

JAJAJAJA,Esto es puro realismo, creo que mis adicciones traspasan la frontera de la realidad,pero nunca se lo ofrecería a nadie # pensamiento de Ícaro perverso:Lo quiero todo para mi.
Me alegro de que hallas recuperado tu casa, con las hipotecas por las nubes y el Matusalen cada vez más caro,creo que con estas cosas no deberíamos jugar.XDD

Thedarksunrise dijo...

Una estupenda exhibición de realidad ficticia. Buen trabajo, querido :)

Chufowski dijo...

..bueno parece que las aguas vuelven a su cauce, cosas de la inercia, supongo ;->>>..a ver con que nos sorprende el próximo..

Jonathan Fernández dijo...

Estoy trabajando en el siguiente. Espero que esté listo para mañana a última hora.

Un saludo.

Arenas dijo...

Jony, esperamos tu relato mordiéndonos las uñas, en la incertidumbre total. ¿Qué nos deparará el destino?

Duckland dijo...

Yo ya voy relamiéndome ante la insinuación de asistir a una barbacoa en la playa... Ñam!!

Ed. Expunctor dijo...

La inercia nos devora... A ver hacia dónde nos arrastra...