martes 13 de mayo de 2008

XIV. La guarida de los narcos

El ruido de los motores apenas conseguía acallar el murmullo nervioso y lleno de temor de los diez asustados tripulantes. Todos se preguntaban quiénes eran esos hombres y qué hacían allí, al fin y al cabo las costas de Murcia quedaban un poquito lejos del área de operaciones del cártel de Tijuana.

Lo que había comenzado como una hermosa mañana de exaltación de la amistad, con risas sinceras, apretones de manos y cariñosos —¡pero castos!— achuchones, se había convertido de repente en una gran pesadilla de incierto desenlace. Los reproches y las acusaciones volaban de unos a otros por encima de la blanca espuma, que levantaban violentamente los motores en su rugido.

En el lado derecho de la proa, Ícaro y Prometeo discutían acaloradamente.

—¡Joder, Prometeo! Ya te había dicho que teníamos que haber ido a Holanda, ahora estaríamos cómodamente sentados en un Coffee Shop, fumando y tomando café, relajados, riendo..., ¡y no en esta mierda de zodiac!

—¡¿Qué?! ¡Pero si en Holanda estuvimos el año pasado! Fumando sí, tomando café sí, pero ¿relajados y riendo? Pillaste una paranoia del copón, por el orujo que le echaste al café, y ahora lo entiendo, menudas vacaciones me diste, tus paranoias acojonan más que tus relatos, fijo.

—¿El año pasado? Que rápido pasa el tiempo, vaya...

Al lado de estos dos, Jony y Mem discutían acerca de las armas que portaban los dos narcos mariachis.

—Mira, Mem, es una Smith & Wesson, es la primera que veo al natural, es una auténtica maravilla.

—No es una Smith & Wesson, es una Maschinenpistole 40 y...

—Ja, ja, ja… ¡Una Maschinenpistole 40…! ¡Jajaja, joder! Es muy bueno, y estos dos se han escapado de la revolución mejicana y el patrón es Pancho Villa…¡No, no, no: es Emiliano Zapata! Jajajaja...

— ¡Hey! ¿Cómo puedes reírte en un momento así? Solo estaba dando mi opinión.

— Jony tiene razón —interrumpió Chufowski—. Es una Smith & Wesson, yo me compré una réplica exactamente igual en una web coreana.

Mientras, a la derecha de Chufowski, Arenas se balanceaba hacia delante y hacia atrás de forma nerviosa, entonando una histérica e inquieta letanía.

—Esto no esta pasando, esto no esta pasando, no esta pasando, no…

En esta extraña actitud de Arenas reparó Duckland, que dirigiéndose a Dark dijo:

—¡Dark, Arenas ha perdido el juicio, tenemos que hacer algo!

—Tranquila, querida. Aunque las circunstancias sean tensas, no debemos perder la compostura, déjame a mí.

Y como dos furiosos rayos surgidos de una tormenta de verano, dos bofetadas impactaron violentamente en el rostro de Arenas.

—¡Trata de calmarte, Arenas! ¡Por Dios, trata de calmarte!

— Ay, Dark, gracias, ya me encuentro mejor, había perdido los ner... —pero Arenas no pudo acabar la frase, pues un nueva bofetada, surgida esta vez de la pálida mano de Duckland, la interrumpió.

—¡Duckland! ¿Pero qué haces? Ya había reaccionado y se encontraba mejor.

—Ay, Dark, es mejor asegurarse, con estas cosas nunca se sabe.

Ajenos a todo esto se hallaban Ed y Markatwo, enfrascados en su propia discusión:

—¡Joder, Markatwo! ¿Qué es todo esto, tronco? ¿Quiénes son estos mariachis? ¿De dónde coño salen?

—Ufffff... —suspiró, y bajó mucho el tono de su voz—. A estos tipos ya los había visto alguna vez haciendo trapis por la costa, y un día que me estaba tomando un té en Inercia se sentaron a mi lado y los oí hablar un buen rato...

—¿Pero los conoces? —le interrumpió Ed.

—Sólo de vista, nene, sólo de vista. Pero aquel día que se sentaron a mi lado oí unas cosas que me dejaron flipado. Se dedican al contrabando de hachís y de armas, y por lo que inferí de su conversación también están metidos en el tema de la trata de blancas, y blanquean el dinero comprando terrenos para construir macrourbanizaciones, y no se cortan un duro cuando tienen que liquidar a alguno. Mira, había en el Puerto un marinero, Juan, que un día desapareció. Juan siempre llevaba una pipa, ¿vale? Pues aquel día, sentado en Inercia, escuché cómo el más chungo le decía a aquel de allí —y señaló al que llevaba la pistola en la mano— que al de la pipa ya le habían “borrado el alma”, borrado el alma, es que la expresión no se me ha ido nunca de la cabeza, y que se lo estaban comiendo los perros, los perros...

—¿¡¡Qué!!? —exclamó Ed, acojonado.

—¡Putos pendejos, déjense de mamadas! —bramó el de la Smith & Wesson—. ¡Como vuelvan a abrir esa putita boca les borro el alma de un escuadrazo, pinches maricones!

La expresión borrar el alma infundió un pánico tremendo en el corazón de nuestros personajes, cuya inercia quedó en suspenso durante unos minutos, hasta que Markatwo, con la boca pegada a la oreja de Ed, murmuró:

—El Duque también salía en la conversación de los tipos esos.

Ed no abrió la boca, pero miró a su amigo con unos ojos aterrorizados. Markatwo insistió:

—Sí, nene. El Duque —y calló durante varios minutos. Sólo se oía el rugir de los motores fueraborda de la embarcación y el impacto del mar contra la lancha, las aguas que lo salpicaban todo, como lágrimas—. Tenemos que salir de aquí cuanto antes. Porque si no..., nos van a borrar el alma. A todos.

—¿Otra vez? ¡¡A callarse todos!! —bramó la voz del mexicano más robusto—. A ver, hijos de la gran chingada, me llamo Óscar Ramires y no soy tan compasivo como el patroncito… Si me dan problemas o intentan chingarme serán pasto de los perros, les mostraré de serca a mi amiga la Smith & Wesson y les borraré el alma.

—Ves, Mem, como era una Smith & Wesson —dijo Jony.

—¡Que se callen, leches! ¿No me han oído? No sean chingones —gritó, hinchadas las venas del cuello, el cañón de su pistola apuntando a la cabeza de Jony.

—Cálmate, Óscar, ya llegamos y el bisness es el bisness, es el patrón quien deside.

Era el compañero del mexicano robusto, que hasta ahora había permanecido callado, el que con estas palabras devolvió el silencio a la embarcación. O tal vez fuese la horrible visión del escondite de los narcos la que acalló los ánimos.

Una enorme cueva en mitad de los acantilados y a la que sólo se podía acceder con la marea alta. Horadada en la roca durante miles de años por el embravecido mar, se asemejaba más a las fauces abiertas de un terrible demonio que a una simple cueva. Accedieron lentamente a su interior seguidos del velero, y la oscuridad los cubrió con su terrible y frío manto. Cuando los ojos se acostumbraron a las tinieblas, pudieron divisar una tenue luz a un lado de la caverna, o tal vez un pequeño rayo de esperanza en mitad de aquella sombría oscuridad.

domingo 11 de mayo de 2008

XIII. El cártel del Estrecho

Era evidente que el grupo de amigos no sospechaba de qué calaña eran aquellos que se acercaban acechando entre las rocas y las calas. Eran incapaces de sospecharlo porque, hasta entonces, les habían pasado inadvertidos.

Fue unos minutos después cuando a Markatwo le cambió la cara al atisbar unos bultos negros a babor, en paralelo a la costa. Sabía de oídas lo que ocurría por aquella zona, solo de oídas, ya que, a pesar de llevar tanto tiempo navegando por allí, nunca había visto nada sospechoso. Pero ahí estaban... Una lancha negra se dirigió hacia el velero a toda velocidad, custodiada a lo lejos por tres más que Markatwo no pudo ver.

Los capos del cártel del Estrecho habían elegido como base el Mar Menor de Murcia, ideal como punto de distribución para Murcia, Alicante, Valencia y Andalucía. Sabían que las dos únicas embarcaciones de la Guardia Civil de servicio marítimo que se dedicaban a combatir la introducción de inmigrantes en pateras, el contrabando de droga y las infracciones de pesca estaban averiadas, lo cual había desembocado en toda clase de delitos a lo largo de la costa murciana y alicantina.

Se gastaban fuerabordas Yamaha v6 capaces de volar sobre el mar a 130 kilómetros por hora, unos 45 nudos.

La primera lancha se acercaba al barco. Markatwo izó velas y se dispuso a poner el motor en marcha, pero... ¡¡Mierda!! No arrancaba. Siguió intentándolo mientras su cara se desfiguraba. A Ed. le bastó una mirada a su amigo para comprenderlo todo. Miró a babor y vio cómo aquel fueraborda negro se acercaba a toda velocidad. El resto del grupo, sin embargo, no se percató de nada: reían y bromeaban sobre todo lo que les había pasado desde su encuentro. Era evidente que el grupo era una piña y que sus miembros habían congeniado perfectamente. Pero las cosas iban a empezar a tambalearse muy seriamente.

De repente, Markatwo, después de varios intentos más para arrancar los motores y viendo que aquella gente iba a abordarlos, desistió y se dirigió a sus amigos:

—¡Eh, chicos! Tenemos problemas, el motor no arranca y se acerca gente rara, dejadme hablar a mí —les dijo, intentando mantener la calma.

Cuando la lancha se puso a la altura del barco, paró el motor. Ed. se puso al lado de su amigo y dijo:

—¡Hey! Buenas tardes, hace un buen día para navegar, ¿eh?

—¿Buen día? Claro, cuates —gritó el hombre más robusto y de mayor edad de los cuatro. Sus vestimentas eran raras: salvo uno, el resto se veía que no eran de nacionalidad española. Antes de que nadie pudiera hacer nada, los hombres del fueraborda habían abordado el velero. El que parecía estar al mando miró al grupo mientras sacaba de su cinturón una pistola que Jony reconoció como una Smith & Wesson. Mem, sin embargo, reconoció aquel fusil como una Maschinenpistole 40, una reliquia más para asustar que para matar. En cualquier caso, los otros tres hombres sacaron sus armas y les apuntaron, mientras los diez amigos se apelotonaban en la popa del barco, temerosos de lo que pudiera pasar e incapaces de hacer nada al estar siendo apuntados por cuatro armas de fuego.

Todos comprendieron que después de aquella exhibición no los iban a dejar irse de rositas, y sus caras se pusieron de todos colores. Mientras el hombre robusto les apuntaba, los otros tres entraron en el camarote, y los diez pudieron oír cómo lo ponían todo patas arriba: abrían cajones, levantaban la cama, rompían las tablas...

Arenas se había quedado justo detrás de todo el grupo, al borde de la popa, y, aprovechando su ubicación, cogió el móvil e intentó llamar a la policía, pero sólo quedó en un intento, porque vio enseguida que no tenía cobertura. Nuevo Ícaro, que vio que Arenas no lo conseguía, cogió su móvil y marcó el 112. Si no hubiera sido por las voces de aquel hombre, que preguntaba enfadado que dónde estaban los fardos, se habría oído al operador del 112 a través del teléfono preguntando:

—¿Sí, diga? Buenas tardes, aquí emergencias. ¿En qué puedo ayudarle? —pero ante la impotencia de no poder contestar, Nuevo Ícaro colgó y se dispuso a mandar un mensaje. Sin embargo, aquel hombre robusto notó algo raro: el sonido del móvil fue delator. Se abrió camino a través del grupo, se fue hacia Nuevo Ícaro y lo empujó de una forma brutal. Cayó Nuevo Ícaro al suelo ante la sorpresa aterradora de todos, que se lanzaron a la vez para ayudar a su amigo.

Tras el incidente, el tono de voz y el semblante del hombre se puso más serio:

—Déjense de tonterías, pendejos, y empiecen a cantarnos dónde diablos guardaron el pinche alijo de jachís, putos, o ya verán las madres que rompemos hoy.

—Wey —dijo uno de los que salían del camarote—, en este pinche barco no hay ni un putito fardo.

—Espere, mijito —añadió el siguiente en salir del camarote—, a mí me suena que acá debajo —mientras golpeaba el suelo del barco con los tacones de sus botas— no suena tan güeco como debería, man.

—Sí, man —precisó el tercero en salir—, a mí me da que estos pinches cabrones han ocultado la mercancía acá debajo...

—Conque esas tenemos, wey... Ta güeno, pendejitos, tendrán que acompañarnos hasta que finalice la operación, no queremos problemas ni muertos...

Tras un largo silencio, el hombre volvió la mirada al grupo y añadió:

—Ya pueden subir a nuestra lancha, putos, y cuidado con lo que hacen... Que no queramos muertos no quiere decir que nos tiemble el dedo cuando agarramos nuestras escuadras, ¿ven? —les advirtió, mientras les apuntaba a todos a la cabeza—. Y ya pueden tirar los móviles y demás pendejadas al mar. Y como vuelva a ver alguno les vuelos sus pinches cabezas, cabrones.

Los ocho metros de eslora eran suficientes para llevar a los diez amigos, que tiraron sus móviles conforme subían al fueraborda, y a dos de los traficantes. Los otros dos se quedaron en el velero y empezaron a desplegar las velas.

Cuando estuvieron en la lancha los diez amigos, a quienes ordenaron quedarse sentados y apiñados en la proa, pudieron ver lo que allí había: paquetes de medio metro cuadrado, en bolsas negras, atados como las alpacas de paja. Había dieciocho. Aquello parecía un cargamento muy importante.

Entre ellos empezaron a murmurar y, mientras se ponían en marcha el fueraborda y el velero comenzaba a navegar detrás de ellos, escoltado por aquellos tres bultos que sólo ahora se habían hecho visibles para todos, a preguntarse qué pasaría ahora con aquel extraño cargamento humano y de hachís, y adónde los llevarían, y si era verdad eso de que no querían problemas..., ni muertos.

jueves 8 de mayo de 2008

XII. Acechando

—E..., es..., eso..., es... —comenzó a tartamudear Arenas.

—Eso es... —tragó saliva—, es el astrolabio que había en el camarote del Inercia —sentenció Chufowski.

—Eso es... una última broma del cachondo de Markatwo —dijo por fin Ed. Expunctor, y casi al mismo tiempo ocho suspiros a medio contener llenaron el aire—. Se lo llevaremos a su barco y, si tanto interés tenéis, él estará encantado de mostraros cómo se usa.

La labor de recogida fue titánica, y todos se afanaron en levantar muebles, pegar cerámicas y recoger cera del suelo hasta que la casa pareció un hogar y el último suvenir, de Segovia, encajó pieza sobre pieza excepto la última, que debió de llevársela el diablo. Todo se hizo en el mayor silencio posible, pues a cada bombeo de corazón respondía raudo un homólogo dentro de la cabeza, y durante algo más de media hora convivieron con los efectos de los excesos. La única broma que se escuchó durante esos minutos fue “Agua para todos”, ya que se esquilmaban las reservas de líquidos en la casa. Todos bebían hasta llenarse, pues tenían el cuerpo deshidratado en estas horas de resaca.

Una vez hubieron recogido el estropicio y con Ed. aún no del todo convencido, se fueron sentando en el suelo del salón, hasta que, sin haberlo premeditado, todos estuvieron juntos, ocupando la alfombra, el sofá y las sillas. Serios, callados y con las miradas perdidas estuvieron todos durante unos eternos 20 segundos..., hasta que las sonrisas empezaron a aflorar, las miradas de soslayo rotaban de unos rojos a otros y acabaron diciéndose unos a otros sin palabras: Vaya tela, chavales.

En un tono muy bajo, desprendiéndose del silencio, llegó la voz de Prometeo haciéndoles saber que, si bien ya no era necesario llevar el fuego a los hombres, seguía siendo necesario llevarles comida, y no era cuestión de dejar a Markatwo solo con la barbacoa. Era de rigor ayudarle a preparar la carne y pasar antes por alguna tienda (de esas que no tienen horario) para llevar al menos algo de beber y unos hielos. Todo muy sano y sin alcohol, y el mismo de “Agua para todos” retornó a los tópicos con un “Ya no vuelvo a beber” que despejó las brumas de las cabezas allí reunidas, devolviendo la alegría y el buen humor al grupo.

Así pues se dirigieron a casa del vecino por el camino más largo, dando la vuelta a la manzana para pasar por la tienda y desde allí, siguiendo el olor, hasta donde estaba Markatwo, con unas pinzas en una mano y un delantal que decía I (corazón) Barbacoa.

Pasaron un rato muy divertido, descansando sobre el césped, recreándose en la brisa del mar, escuchando las olas a lo lejos y, a fin de cuentas, pasando el día como realmente Ed. Expunctor había planeado. Surgieron conversaciones personales, se conocieron mejor e hicieron algunos planes de futuro, incluyendo algún proyecto que llevarían a cabo entre todos en Internet, aunque, como diría Michael Ende, esa es una historia que debe ser contada en otra ocasión.

Markatwo, que se había integrado en el grupo discretamente pero con confianza, les propuso salir en su barco:

—Y de paso os enseño a manejar “eso” —dijo señalando el astrolabio.

Y así comenzó la que durante años llamarían “La aventura del Inercia”, aunque, por supuesto, el barco no se llamase así y su curioso nombre sea recordado ahora sólo por unos pocos.

Salieron cuando el sol ya no quemaba, después de haber reposado la abundante comida y cuando sus cuerpos ya empezaban a cobrar vida de nuevo, puesto que estos últimos días vivían más de noche. El barco era amplio y, por una vez, todo empezaba a salir bien: nadie se mareó, el mar estaba en calma y la temperatura era agradablemente fresca. A dos millas de la costa Markatwo apagó los motores y comenzaron a navegar a vela contra el viento de lebeche y, felices, acompañaron a gritos a Arenas, que en la proa ya estaba declamando: “La luna en el mar riela / en la lona gime el viento...”.

Tal vez fuera el destino, quizás la Parca, pero las diez personas del navío estaban condenadas, o tal vez premiadas, a vivir una aventura, pues en la oscuridad de las rocas costeras el reflejo verde del visor de unos prismáticos nocturnos se dibujaba sobre otras caras, que medían la distancia con precisión y no tenían buenas intenciones. Mantenían el equilibrio sobre la zodiac negra tres sombras con muy mala leche:

—Compadres, ya está bueno de tanta pendejada, arranquemos el motor, les rompemos la madre a esos cachorros y nos llevamos lo que hemos venido a buscar.

—Ya cállate, ¿es que no ves que son más que nosotros? Vamos a hacer las cosas tal como dijo el patrón que las hiciéramos, y deja de hacerte el gallito que ya no estamos en Sinaloa. Aquí la cárcel se cumple y no habrá mordida que te salve.

—Vale, wey... Dejen ya de discutir, yo también quiero parranda y tengo la escuadra cargada, pero vamos a hacer las cosas con calma. Hazte cuenta que hemos venido a trabajar, ¿oíste? A trabajar, y no a pasarlo bien. Vamos a quitarles la carga a esos traficantes aficionados, y que sepan que no se puede contrabandear en las aguas del patrón. Va a haber sangría, a estos nos los llevamos. Lo juro por Jesús Valverde... —dijo el último mientras besaba ritualmente su Smith & Wesson.

Siguieron al navío amparándose en las rocas y calas, oscuros los semblantes y oscuras las miradas, antagonistas del navío de velas blancas.

viernes 2 de mayo de 2008

XI. El viaje y el astrolabio

Cuando Arenas y yo invitamos a Chufowski, Dark, Duckland, Jony, Mem, Ícaro y Prometeo a mi casa de la playa pensamos que pasaríamos un fin de semana divertido y agradable, pero la cosa empezó a desmadrarse a las pocas horas de llegar. En concreto, al poco tiempo del botelleo, que fue sin duda la mejor parte. Ahí todo fue bien: bebimos, fumamos, charlamos, nos reímos. Pero al cabo de una hora y pico empezaron las paranoias de la gente. De todos, excepto mías, y por eso he deducido que alguien puso algo en la bebida. Yo no bebo, y mi condición de abstemio casi siempre suscita algún comentario infantil en gente de mi edad, cuando no incredulidad.

A los pocos minutos de llegar a mi casa de La Torre de la Horadada, Ícaro ya estaba sirviendo la bebida. Como no preguntó, puso nueve copas de Ron Matusalem. Cuando le dije que no bebo, me miró con el ceño fruncido y dijo:

—Pues..., tú te lo pierdes. Yo me beberé la tuya.

Y se bebió la mía y unas cuantas más. Los demás también bebieron, pero Ícaro se llevó la palma: además de los rones, de vez en cuando se echaba al gollete un trago del orujo que llevaba en su petaca.

Después de hacer un rato el gilipollas por las calles de La Torre con unos cirios que se guardan en mi casa en un baúl que hay en el salón para cuando hay apagones, que son frecuentes, y cubiertos por unas sábanas que tendré que reponer antes de que mis padres vayan, y después de comer unas empanadillas y unas pizzas frías que compramos en la Confitería Saura, en el Pueblo Latino, volvimos a mi casa. Supongo que ése fue el momento en el que les subió lo que quiera que sea que Ícaro puso en la bebida, pues no me cabe ninguna duda de que fue Ícaro. Yo nunca había visto una sucesión tan trastornada de alucinaciones y delirios.

Sin embargo, lo peor de todo lo que pasó aquella noche fue que nadie me hacía caso. No sé si porque yo no estaba conectado con su alucinación o qué, pero hasta Arenas me ignoraba. Yo trataba de explicarles lo que les estaba pasando, mas en vano.

La primera paranoia colectiva que sufrieron —porque sufrieron varias y, por lo que observé, se las contagiaban unos a otros— fue la de que había un desconocido en mi casa. ¡Un desconocido! ¡Pero si es mi amigo y vecino de la playa desde hace treinta años! ¿Cómo pueden ocho personas llamar desconocido a un amigo mío? Es más, ¿cómo pueden Arenas y Jony llamar desconocido a mi amigo Markatwo, al que ellos conocen personalmente? Está claro que, en su desvarío, fueron incapaces de reconocerlo.

Antes de proseguir tengo que pedirle disculpas, públicamente, a mi amigo Markatwo. Le dije que ese fin de semana no pensaba ir a la playa, de modo que no me extraña que se enfadara cuando vio que, además de ir, había invitado a un montón de gente sin decirle nada y sin invitarlo a acompañarnos. Y para colmo Ícaro se metió en su jardín y le destrozó sus plantas de hierbabuena, que él cultiva con tanto cariño y tanto celo para hacerse sus tés. Hierbarbuena, menta sativa, no marihuana, cannabis sativa, que es lo que Ícaro, bajo los efectos de lo que echó en la bebida, creía que era.

Prosigo. Resulta que casi todos creían que mi amigo Markatwo era un ser de ultratumba que dirigía una tribu de rastafaris que viven en su jardín. Esto según Ícaro, pero, como he dicho, los ocho se iban contagiando las paranoias, y si no ahí tenemos el caso paradigmático de Arenas y Duckland: ésta con un libro que cogió del mueble del salón, Relación de cartas de Hernán Cortés, y aquélla con otro libro, Curso básico de navegación, un libro entre cuyas páginas había una foto del salón de mi casa y que, por lo demás, me regaló mi amigo Markatwo, para más señas surfista por vicio y marinero por oficio. No soltaron los libros en toda la noche. Parecía que los libros eran su alma y que si los perdían iban a morirse.

Y eso por no hablar del encabezonamiento que tenían con el barco. Que si el barco por aquí, que si el barco por allá. Yo nunca habría sospechado que un barquito de madera que adorna el mueble del salón pudiera dar tanto juego. Qué obsesión con el barco, por Dios, y todo porque alguien lo echó dentro del baúl de las velas. Parecía, al igual que los libros, que contuviese el secreto de la eterna juventud, o no sé si es que el post-it que había pegado al barco hizo surgir en sus mentes parturientas algún misterio insondable que se empeñaron en resolver. Arenas y Duckland se empecinaron en las conspiraciones tipo Expendiente X y, como he dicho, se lo contagiaron en gran medida a los demás, porque todos leyeron: Necesito saber que queréis jugar. Necesito saber que queréis creer, pero allí no había escritas sino dos frases sacadas de una obra de teatro de Peter Pan: Necesito saber que queréis jugar, necesito saber que no queréis crecer.

No sé las veces que traté de explicarles a todos lo que pasaba, pero no fue posible. Yo hablaba, pero nadie me escuchaba. Se enfadaron conmigo, querían explicaciones; yo explicaba; no me escuchaban; me acusaban de ocultarles la verdad. Tanto es así que Arenas y Duckland se fueron de extranjis por el patio interior y subieron a la buhardilla, donde, para más inri, había una foto de un barco. Coño, que estamos en la playa: cómo no va a haber barcos y fotos de barcos. Anda que si llegamos a ir a casa de Markatwo, que tiene un barco de verdad... La foto del barco: un snipe, el primero que tuvo Markatwo, cuando apenas tenía diez años, en 1985.

La verdad... La verdad está ahí fuera, gritaron a pleno pulmón Duckland y Arenas antes de subir a la buhardilla. Gritando por el pasillo y poniéndose los dedos en los labios, como diciéndose a sí mismas: “No hagamos ruido, que nos van a descubrir”. Por si no fuera bastante con los gritos que daban, tropezaron en la terraza con las losas y tejas de repuesto que apilamos allí, las tiraron y el estruendo fue bestial. Menos mal que no se rompieron todas.

Estas dos iban por su lado, con sus conspiranoias. Luego estaba Ícaro, que se puso muy mal, pero muy mal. Dark y Prometeo salieron a buscarlo al jardín, pero ellos tampoco iban mucho mejor, porque tardaron un buen rato en meterlo dentro de la casa: unos veinte minutos para cogerlo y arrastrarlo unos treinta metros, que es la distancia que hay de mi casa a la de Markatwo. Y yo sentado en el sillón, flipando, aunque no tanto como ellos, pero casi.

Jony, por su parte, se dejó influenciar por los desvaríos de Duckland y Arenas. Su delirio giraba en torno al barco, al post-it y a los números: que si π era el número que contenía cifrada la esencia del universo, que si los libros que ellas habían cogido del mueble del salón revelaban las claves del secreto, que si la nota que había en el barco era un enigma que había que resolver para convertirse en Super-π... Por no hablar de su empeño en que una parte del misterio de π se ocultaba bajo la uña de su dedo meñique, al que maltrató durante toda la noche para intentar que se la desvelase.

Mem, sin embargo, era la más normalita, dentro de lo que cabe. Yo creo que estaba en Los mundos de Yupi, diciendo cosas del tipo: “No..., si aquí no pasa nada..., ya veremos mañana..., seguro que Ed nos lo puede explicar...”. Al principio pensé que me estaba acusando a mí de ser culpable de su situación, pero enseguida comprendí que de lo que se me acusaba era de tener algo que ver con los sucesos que ocurrían en su mundo alucinado.

El que menos problemas dio, además de Mem, fue Prometeo. No sé qué fue lo que le sentó mal, pero se tiró casi toda la noche en el baño. Entraba, se quedaba ahí un rato, salía, entraba, se quedaba otro rato, salía... El baño estuvo ocupado casi toda la noche, y con el olor que había allí dentro me vi obligado a salir a la calle a echar una meada por no entrar.

Precisamente, cuando salí a la calle para evitar el olor del baño aproveché para abrir el grifo del jardín y dejar salir el agua para regar las plantas. Craso error. Nada más abrirlo vi a Chufowski mirándome con los ojos abiertos como platos. Cuando vi cómo en su cara se dibujaba una expresión de terror pensé que no: “Que no se le vaya la olla más...”. Pero nada más lejos de la realidad, literalmente: nada había más lejos de la realidad que lo que Chufowski pregonó por la casa, contagiando a los demás con su locura. Que si la casa se hunde, mirad por las ventanas, que se la traga el mar... Me cogió de la mano y me llevó casi arrastrando a la habitación de mi hermana, sacó una colchoneta de Las supernenas de una bolsa de plástico que había debajo de la cama y volvió al salón gritando a pleno pulmón que el mar estaba arrancando la casa de la costa.

Semejante alucinación provocó el caos más absoluto de la noche. Yo, de pie en medio del salón, veía cómo todos se dedicaban a correr por la casa y a asomarse por las ventanas. Tenía una mínima esperanza de que no se les contagiara el delirio, pero las cosas no suelen suceder como uno espera. Y allí estaban todos gritando como locos, desesperados, preguntándome que qué pasaba, pero yo hacía tiempo que había optado por callar y darlos por casos perdidos.

Era para verlos. En otras circunstancias me habría reído, y mucho, o mejor: en otra casa me habría reído mucho, pero en mi casa no tenía tiempo: me faltaban manos para impedir que la destrozaran, aunque no pude evitar que Prometeo trasteara los cables de la lámpara de pie mientras gritaba, histérico, que los cables que unían la casa a la tierra iban a romperse tarde o temprano. Poco antes de que Prometeo arrancara los cables de la lamparita, Arenas se dedicaba a pasar las hojas del Curso básico de navegación, mientras le decía a Duckland que en el libro se recogía un caso similar de unas casas californianas que se hundieron en el mar, un dato que le sirvió a Jony para señalar la posibilidad de que el número π hubiese determinado una interferencia gravitacional cuyas consecuencia primera era la falta de cobertura en los móviles.

Ante los chillidos agónicos de Ícaro, que se quejaba de que iban a morir todos, traté de calmarlos diciéndoles que allí nadie iba a morirse, que se tranquilizaran, que era todo una alucinación, que mañana, cuando nos tomáramos un café en Inercia, una cafetería que hay en la plaza del Pueblo Latino, nos reiríamos un rato.

Era para verlos.

—¡Que se hunde la casa, que se hunde la casa! —gritaban unos.

—¡Subiros a mi muñeca, subiros a mi muñeca! —gritaba Chufowski.

Y allí estábamos los nueve, en medio del salón, apiñados sobre la colchoneta de Las Supernenas. Yo no me subí: me arrastró la masa humana que formaron los ocho al lanzarse sobre la colchoneta, que reventó cuando caímos sobre ella. Arenas y Duckland llevaban los libros en la mano, para que no tocasen el suelo; Jony puso el barco en medio de la colchoneta para evitar que se mojase; Mem, aterrorizada, señalaba el suelo con el dedo y alertaba, convulsiva, sobre la presencia de pirañas; Prometeo le informó de que no eran pirañas, sino medusas; Dark, por su parte, propició la siguiente visión: ¡Un barco, un barco!, gritaba, señalando el sofá.

El aviso de Dark dio lugar a una estampida: todos se arrojaron al suelo, salvo Jony, que se quedó con la oreja pegada a la colchoneta. Enseguida le dijo a Chufowski, que trataba de remolcarlo hasta el sofá, que la colchoneta le había dicho que éramos todos una sola carne, y no me extraña: nueve personas sobre una colchoneta es lo que parecen. También dijo algo de la luz y las tinieblas, supongo que influido por el ambiente que daban al salón las luces de las velas, porque el apagón todavía persistía. En este punto les seguí el juego: mientras estuvieran todos juntos no seguirían destrozándome la casa.

Así que allí estábamos: arrastrándonos por el suelo y escalando el sofá: ¡es-ca-lan-do-el-so-fá! Una vez estuvimos todos arriba, hechos otro amasijo humano, Chufowski se lanzó al suelo, ante el pasmo de los demás, que pensaban que se quería suicidar, para coger la colchoneta y, por si éramos pocos, subirla con nosotros.

De esta guisa estábamos cuando apareció en la puerta de mi casa Markatwo, que entró gritando que qué hacíamos ahí y preguntándome que si íbamos a ir por la tarde a tomar un té al Inercia. Cuando lo vi supuse que serían las seis de la mañana, hora a la que le gusta salir a nadar. La irrupción de mi amigo provocó una suspensión momentánea en los ocho.

Inercia... —susurró alguien, pero tan bajo que no pude saber quién fue: con nueve cuerpos apelotonados sobre el sofá es difícil saber quién murmura—. El barco se llama Inercia... —pero yo me preguntaba que qué tenía que ver Markatwo, que acababa de entrar por la puerta, con el barco. Ni que hubiese salido de debajo de un cojín.

Arenas, asustada, le preguntó si era un pirata y él, ante el panorama que se encontró, me interrogó con un gesto simultáneo de su cabeza y de sus hombros, queriendo decirme:

—Y estos..., ¿qué se han tomado?

Le respondí con otro gesto, agitando la mano un par de veces, queriendo decirle:

—Buas..., ya ves, tronco...

A Markatwo se le iluminó la cara y, en cuanto vi su expresión, me llevé la mano a la cabeza y le eché una mirada, queriendo decirle:

—No seas cabrón y no les sigas el rollo.

En vano. Antes de que me diera cuenta, Markatwo le estaba diciendo a Mem que el barco se dirigía al Mar del Norte a pescar gamburrinos: ¡a-pes-car-gam-bu-rri-nos! Y a nadie se le ocurrió cuestionar tan absurda afirmación: tanto les daban gamburrinos como gluglullitos.

—Y me tenéis que firmar el impreso para viajar en mi barco o, de lo contrario, no tendré más remedio que arrojaros al mar, porque, según la Ley de dependencia marítima, el impreso 32-B es fundamental para tener derecho a alojamiento, comida y vestuario.

Y yo, medio derrotado, les pregunté que qué esperaban de lo que estaba pasando, para hacerme una idea de a qué chifladuras iba a tener que enfrentarme mientras les durase la alucinación.

—Pues yo voy a sacar un reportaje a doble página con una foto abriendo a tres —me dijo Dark.

—Pues yo no sé si tendré orujo suficiente para todo el viaje —fue la respuesta de Ícaro.

—Pues yo necesito ir al baño —apremió Prometeo, que le preguntó a Markatwo si había baño en el barco. Lógicamente, éste le señaló el camino para llegar al baño de mi casa, al fondo del pasillo, la puerta de la izquierda.

Lo último que faltaba era que a Arenas, en su afán conspiratorio, se le ocurriera decir que el barco en el que estábamos era el mismo que el que había en una fotografía de su libro.

Cuando Markatwo me preguntó si luego queríamos ir a comer, que tenía para hacer una barbacoa, Duckland dijo que sí, que estábamos muertos de hambre y que le agradeceríamos mucho que nos diese algo de comer. Decidido a seguirles la corriente, Markatwo entró a la cocina y sacó el pan y el embutido. Mientras tanto, aproveché para poner la radio, y en mala hora, porque creyeron que aquellas voces pertenecían a la tripulación del barco. En cualquier caso, pude decirle a Markatwo que hiciese el favor de, cuando terminasen de comer, llevarlos a una habitación, a ver si se dormían un rato y se les pasaba, pero antes de hacerlo les siguió el juego: se presentó como Ignacio Urrutia Salcedo, Capitán de la Marina, para servir a Dios y a ustedes, muchachos.

Después de decirles cuatro tonterías más, me hizo caso por fin y los condujo a la habitación del fondo. Perdón: nos condujo. Yo era consciente de que si se me daba un trato distinto podría suscitar desconfianza en alguno de los ocho, cuando no en todos, y lo último que quería era que alguien sospechara que “el Capitán Urrutia” y yo nos conocíamos. Eso habría desembocado en acontecimientos que no quiero ni imaginar. Antes de cerrar la puerta, me dijo Markatwo que si luego, tras dormir, estábamos disponibles, nos podíamos dar todos un paseo en su barco, después de la barbacoa y de tomar el té en Inercia.

Era para vernos: nueve personas metidas en una habitación de cinco metros cuadrados. Perdón: nueve personas, una colchoneta con un agujero como un puño, dos camas, una mesilla, una mesa de escritorio y cinco velas, que dejamos sobre la estantería. Con tanto movimiento me temí lo peor, pero a estas alturas ya estaba resignado. Sólo quería que se les pasase el delirio.

Hubo un momento en que pensé que se habían dormido todos: durante unos minutos, no sé si diez o quince, se hizo un silencio sepulcral, pero entonces, cuando ya me estaba haciendo ilusiones, oí cómo Arenas llamaba a Duckland, y otra vez empezó todo: Arenas me llamó a mí, empezaron a levantarse, alguien pisó a alguien. Arenas dijo que no podía encontrar el interruptor, que la pared estaba rara, rugosa, y yo pensé en las velas, en la cera resbalando por la estantería y por la pared hasta llegar al suelo, en la madre que los parió a todos y, cómo no, en mi madre, que me iba a cortar la cabeza.

Pasé como pude entre aquellos cuerpos agolpados unos contra otros y subí un poco la persiana para que entrase algo de luz. Apenas estaba amaneciendo, pero fue suficiente para que pudiera confirmar el desastre que intuía: de la estantería hasta el suelo, la pared estaba llena de cera.

Antes de que pudiera hacer nada para impedirlo, empezaron a salir de la habitación Mem, Dark, Prometeo e Ícaro, y yo me fui detrás de ellos para tratar de controlarlos, sobre todo para que no salieran de la casa.

Cuando volví, después de cerrar las puertas que daban al exterior, me encontré con que Dark, que también había regresado a la habitación, informaba a los que estaban dentro de que había desaparecido todo el mundo y de que sólo había una luz mortecina que se filtraba a través de los ojos de buey; Jony y Duckland miraban el barco —que, al igual que los libros, no habían soltado ni para cenar— como si contuviera el secreto del Santo Grial; Chufowski levantaba a Arenas en peso para que cogiera el antiguo reloj de bolsillo que mi hermano tenía en su estantería, aunque en unos pocos segundos la estantería fue a parar al suelo, casi a la vez que se oía, procedente del salón, un golpe atronador. Yo sólo pude cerrar los ojos e imaginar que aquello no había sido el mueble al volcarse y estrellarse contra el suelo. Segundos después volvían a la habitación Ícaro y Mem, alterados, gritando que no nos lo íbamos a creer.

Al ver lo que Mem llevaba en la mano confirmé que el golpe había sido del mueble. En lo alto del mueble había unos cuantos libros, entre ellos La carta esférica, de Pérez Reverte, libro que me había devuelto la semana anterior mi amigo Markatwo. Pues bien: Mem llevaba en la mano la portada arrancada del libro, una portada con solapa en cuya parte interior, como pude recordar nada más verla, está reproducida la carta esférica que hizo el Capitán Ignacio Urrutia: la costa murciana desde Águilas hasta La Torre de la Horadada.

Yo no sé cuánto tiempo duran los delirios producidos por sustancias psicotrópicas, pero ya superaban las seis horas, y como no sabía cuánto tendría que aguantarlos decidí aprovecharme de las palabras de mi amigo.

Les dije que aquello no podía estar bien, que se fijaran en quién había dibujado el mapa. Cuando todos, uno por uno, confirmaron que el mapa era del año 1751 y que lo había dibujado el Capitán de la Marina Ignacio Urrutia Salcedo, les dije que yo había leído un libro como el que llevaba Duckland en el que se hablaba del Capitán del Inercia. Contaba con la siguiente pregunta, formulada por Arenas:

—Y entonces..., ¿por qué no dijiste nada antes?

—¿Y arriesgarme a que Urrutia se enterase de todo lo que sé? No. Preferí callar y seguirle el juego. De todos modos no podíamos hacer nada. En cambio, ahora sí que podemos hacer algo. Según la leyenda, el Capitán Urrutia y toda la tripulación del Inercia fueron condenados por unos seres extraños a vagar por las fronteras del tiempo y del sueño en busca de una tribu de rastafaris, tribu gobernada por un homínido que posee el conocimiento del enigma contenido en el número π. Según los escritos hallados en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, donde reposan los restos del Marqués de la Ensenada, la única solución al encantamiento del Inercia es el sueño.

—¿Tenemos que dormir? —preguntaron todos, al unísono.

—Si queremos salir de aquí, sí. Es la única opción.

Por fin, después de tanto desmadre, conseguí contenerlos con esta estratagema. A las dos de la tarde, después de dormir todos juntos en aquella habitación, con el olor a cera y a masa humana, empezaron a despertar. Pocos minutos después había comprobado que los efectos del alucinógeno se les habían pasado a todos. Pude explicarles que todo había sido producto de su imaginación, inducida por alguna sustancia que Ícaro echó en la bebida. Sin embargo, Ícaro juró y perjuró que él no había echado nada en ninguna bebida. Seis ceños fruncidos miraron a Ícaro, pero Prometeo alegó que él lo conocía muy bien y que nunca haría eso, sobre todo porque Ícaro no utiliza semejantes drogas.

En cualquier caso, no creí ni a Ícaro ni a Prometeo. Yo estaba seguro de lo que había visto. A Dark, Duckland, Arenas, Mem, Jony y Chufowski se les notaba el mosqueo en la cara.

—Bueno —dije—, de todas formas ya ha pasado todo y estamos bien. Vamos a recoger un poco y nos vamos a casa de Markatwo, que me dijo que tiene la barbacoa en el jardín, y no sé vosotros, pero yo estoy hambriento.

Fue mientras recogíamos y ordenábamos un poco la casa cuando encontré, en la habitación en la que habíamos dormido, un objeto que nunca antes había visto. Cuando pregunté si aquello era de alguien, las caras de los ocho palidecieron al verlo.

—E..., es..., eso..., es... —comenzó a tartamudear Arenas.

—Eso es... —tragó saliva—, es el astrolabio que había en el camarote del Inercia —sentenció Chufowski.

jueves 1 de mayo de 2008

X. El Capitán Urrutia

Llevaban sentados a la mesa del Inercia alrededor de un par de horas y casi no se distinguían los náufragos de la tripulación, tal era la algarabía y el compañerismo con que los marinos habían acogido a la asustada compaña.

Simón, el cocinero de Triana, había señalado la suerte de haberlos recogido al inicio del viaje, con las despensas llenas de encurtidos y cecina. De haber sido más tarde, otra suerte habrían corrido los hambrientos muchachos.

Ed había llevado a la mesa a Arenas, que parecía absorta mucho tiempo después en la coincidencia del grabado de su libro. Estaba decidido a mantenerse como el perfecto anfitrión y voz legal de los atribulados náufragos.

—Y díganos, capitán…

—¡Capitán Ignacio Urrutia Salcedo, para serviros, muchachos!

El tono era el propio de un banquete de tal guisa: hombres de mar que se empujaban con los codos mientras sostenían entre sus fauces carnes, salsas y vino y que reían, gritaban y empujaban a los comensales a participar de sus sanas costumbres.

—Capitán Urrutia, díganos, ¿sabría usted decirnos qué ha pasado en la costa, el por qué de los desprendimientos?

—Que por qué la casa de éste está en el fondo del mar, matarile, vamos —apuntó Chufowski. Rebañaba el plato sin apartar los ojos de las costillas de cordero, igual que el resto. La curiosidad y el miedo resultaban secundarios frente al hambre y al cansancio. Ya habría tiempo para las preguntas una vez calmada el ansia y llenada la tripa.

—Bueno —seguía el capitán, despreocupado, dándole un bocado a un gran tomate—, no es de extrañar para los que lo vemos desde aquí. De cuando en cuando, el mar se cobra sus feudos. Lo que el hombre le quita al mar, más tarde o más temprano este lo reclama y, por lo general, se lo toma sin miramientos.

—Pues entonces, Ed, tío, tu padre no ha debido pagar a hacienda desde ni se sabe… —Jony apuraba la cerveza de su vaso, el tercero.

Terminaron de cenar y, mientras la tripulación recogía los platos, el capitán invitó a los nueve a seguirlo. Tocaba instalarlos en la suite de lujo, bromeaba mientras los conducía por las dependencias del humilde pesquero.

—Espero que podáis dormir bien aquí —abrió una puerta y mostró con la mano abierta una estancia que parecía ser un despacho no muy grande. Paredes en madera blanca, algunos mapas, algunos grabados. Alguien había retirado los muebles centrales donde ahora se amontonaban cinco colchones, un montón de mantas y un par de almohadas—. Disculpad que no sea más amplia ni más cómoda, pero es todo lo que hemos podido hacer.

—¡No se preocupe usted!

—¡Gracias por todo!

—¡Ya lo creo que dormiremos!

—¡Susi duerme conmigo!

—¡Susi duerme en el pasillo por mis cojones!

—¡No me piséis el pie que os degüello!

Todos hablaban a la vez mientras el capitán cerraba la puerta tras de sí. El agradecimiento por el sustento y el rescate se sumaba a la inminente idea del reparador sueño. Y así, apiñados unos contra otros, dejaron a un lado las sospechas y la razón y se dejaron llevar por el más necesario de los descansos que ninguno de los nueve podía recordar.

* * *

— Duck, Duck… —Arenas recalcaba el hombro de Duckland con un par de dedos intentando despertarla. Obviamente le estaba costando.

—¿Arenas? —Ed la llamó. Estaba todo muy oscuro. Las claraboyas que al principio dejaban ver que el camarote dormitorio coincidía con el nivel del mar ahora solo mostraban una densa oscuridad en la que se filtraba una leve y mortecina luz. Poco a poco empezaron todos a desperezarse, revolverse, empujar a los que más cerca tenían. Ninguno tenía claro el número de horas que podían llevar durmiendo.

—¡Uff…, que alguien me saque el codo de los riñones, joder! —Ícaro no lo sabía, pero no era un codo lo que Prometeo apuntalaba en su espalda. Mem aulló. Dark todavía dormitaba y al girarse le lanzó una mano sobre la cara.

Jony mordisqueaba una manta y, a sus pies, Chufowski, que se había salido del improvisado catre y se desperezaba ahora, boca arriba, sobre los desechos henchidos de la hinchable deshinchada.

—Eh, vosotros… —Arenas había dormido lo necesario para aclarar las ideas. Un pálpito amenazante le había impedido recrearse en el sueño. Hora de despertarlos a todos. Había que salir de allí como fuera porque algo no parecía ir bien, si es que, a esas alturas, algo allí había ido bien.

Con cuidado se puso en pie y trató de salir del colchón gigante sin pisar a nadie.

—¡¡AUCH!! —gritó la oscuridad.

—Perdona, Jony —inmediatamente Arenas imaginó dónde habría pisado al bueno de Jony.

—¡Ha sido mi pie el que has pisado! —Prometeo regañó, implorante y confundido. Jony sonreía en silencio mientras soltaba su pie, que en un acto reflejo había recogido entre sus manos.

Arenas trató de encontrar un interruptor palpando la pared, pero no pudo dar con él. Un extraño olor a hierro y sal la desconcertó. Las paredes estaban rugosas, más de lo previsible. Y rezumaban. Decidió abrir la puerta. Algo de luz ganarían con ello a buen seguro.

Lo que pasó después eliminó cualquier rastro de sueño o vigilia de sus ánimos.

Al entrar la luz todos pudieron ver cómo la estancia en la que se encontraban, que hasta hace un momento era un camarote moderno que servía de oficina y biblioteca, era ahora una jaula oscura de algas y madera podrida. Como si el barco se hubiera hundido cien años durante las horas de sueño de sus invitados.

Todos se incorporaron rápidamente y empezaron a palpar las paredes, a tocar, nerviosos, cada uno de los objetos oxidados y enmohecidos del dormitorio del Inercia.

—¿Pero qué coño es esto?

—¿Qué está pasando aquí?

—Ed, ¿tu sabes algo?

—Duckland, ¿qué dice tu libro?

—¿Quién se ha llevado mi petaca?

Al cabo de un rato los nueve se habían recuperado del susto inicial. Ed, Dark, Ícaro, Mem y Prometeo habían decidido salir fuera de la habitación en busca de alguien a bordo del Inercia puesto que parecía que, aunque había cambiado de aspecto, el navío seguía teniendo la misma disposición. Arenas, Jony, Chufowski y Duckland se habían quedado en aquella habitación para repasar los libros de ambas junto a la réplica del barco que aún conservaban y tratar de aclarar algo de todo aquello.

Un poco más de media hora después, Dark apareció en la ajada puerta del camarote-dormitorio.

—No os lo vais a creer. Aquí no hay nadie más. Además, parece que es de día pero hay una niebla impresionante —sobre su hombro asomaron Ed y Prometeo.

—¿Vosotros, qué? ¿Habéis sacado algo en claro? —Ed adelantó a Dark y se clavó en medio de la estancia, junto a los colchones aparentemente inmunes al encantamiento y nuevamente amontonados.

Jony y Duckland, sentados sobre una manta, levantaron la vista de la miniatura del barco. Ciertamente ahora parecía tratarse exactamente del mismo barco en el que estaban. Chufoswki alzaba a Arenas por las rodillas. Había un viejo astrolabio en lo más alto de lo que se adivinaba una estantería, llena de moho, algas y mejillones salvajes.

—Nada. Desde locura colectiva o folie a deux o a nueve hasta que nos hayamos reducido y estemos en el interior de esta maqueta creando un bucle infinito —Duckland levantaba ante sus ojos el pequeño barco, como queriendo verse a través de los maderos—.

—Yo estoy más con lo de la locura colectiva —sentenció Jony.

—¿Dónde están Ícaro y Mem? —Chufowski bajó de golpe a Arenas y el pesado astrolabio dio contra el suelo, rompiendo la verdosa tabla podrida y dejando ver una oscura oquedad nada halagüeña.

Prometeo, que seguía tras Dark en el quicio de la puerta, se inclinó hacía atrás mirando en ambas direcciones y de nuevo a Dark.

—Venían justo detrás, ¿no?

Pronto el suelo comenzó a temblar. Como una lluvia de piedras que azotaba los maderos del techo y los hacía crujir entre sí. No se sobresaltaron por mucho tiempo cuando reconocieron los apresurados pasos de Ícaro y Mem.

—¡No os lo vais a creer! —gritaban los dos, a destiempo. Mem traía un rollo de papel en la mano.

—Eso ya lo he dicho yo —Dark, celosa informadora—. ¿Qué es eso? ¿De dónde lo habéis sacado?

Ícaro intentó arrancar de las manos el papel a Mem que, con un empujón, no solo se zafó de las manos de Ícaro sino también del resto. Con dos zancadas se plantó frente a los colchones y desplegó el manuscrito: un viejo papiro que mostraba un grabado de la costa murciana y que estaba fechado en 1751.

—Bueno, un mapa, vale. ¿Y qué? —Prometeo encogía sus hombros dentro del círculo que entre los nueve habían formado alrededor del viejo pergamino.

—Esto tiene que estar mal —sentenció Ed sin levantar la vista.

—¿El qué, Ed? —Dark había dejado su nota de humor en el pasillo.

—Fíjate bien y dime quién dibujó este mapa.

(* clic para ver detalle)

lunes 28 de abril de 2008

IX. Las consecuencias del naufragio

Pero antes de que Ed. Expunctor pudiese abrir la boca para dar explicación alguna, se vieron sorprendidos por los gritos de alguien que desde dentro del barco les preguntaba si estaban bien. Apenas se habían percatado de la presencia de vida humana en aquel navío, cuando vieron descender una escalerilla confeccionada con cuerdas tensadas y un tanto roídas. Se miraron buscando un signo de aprobación y, tras una supuesta conformidad, Mem asió la rústica escalera y comenzó a trepar.

Uno tras otro ascendían hasta la cubierta del barco. Se ayudaban a subir, pues a algunos la extensa longitud de la escalera les producía fatiga. El último en llegar fue Jony, quien, en un torpe paso final, recibió un fuerte golpe en su pie. Se encontraban inciertamente a salvo cuando Chufowski comenzó a agitarse.

—¡Susi, por Dios, Susi!—gritaba angustiado. Sin pensárselo dos veces, se arrojó de nuevo al mar frente a la atónita mirada del resto. Duckland se apresuró a asomarse para buscarle entre las olas y los demás la imitaron en distintas partes de la cubierta. De pronto Chufowski apareció trepando la escalera casi sin aliento con su muñeca hinchable en la mano.

—¿Pero qué has hecho? Te podías haber matado —replicó Prometeo

—Tenéis que entenderme. Han sido muchos ratos juntos y no podía dejarla ahí, sola y a la deriva, pobrecilla... —explicó Chufowski.

—Estás hecho un romántico —concluyó Nuevo Ícaro.

Antes de que la reprimenda llegara a su fin, fueron interrumpidos por la presencia de un extraño marinero.

—Bienvenidos al Inercia—les dijo el patrón del barco.

—¿So..., sois piratas?—preguntó una asustada Arenas.

—Hombre, de vez en cuando nos bajamos cosas del Emule —respondió el capitán.

De pronto un fuerte golpe de viento agitó la vela mayor, causando un ruido tan estruendoso que hizo que todos se asustaran.

—No os preocupéis, ya os acostumbraréis a este sonido —tranquilizó el marinero.

—¿Acostumbrarnos? —exclamaron todos al unísono.

El capitán del Inercia les explicó que el gobierno internacional había aprobado la “Ley de dependencia marítima”, y ahora los barcos que recogían náufragos obtenían una comisión al llegar a puerto. La pesca flojeaba y aprobaron esa medida para que los marineros consiguieran algún dinero extra. Así pues, sólo tendrían que firmar el impreso oficial 32-B de Naufragio Interoceánico y se les ofrecería comida, ropa y camarote durante el trayecto.

—¿Y hacia dónde se dirige este barco? —preguntó Mem.

—Vamos dirección al Mar del Norte, a pescar gamburrinos —respondió el capitán—. Tenéis la opción de firmar el impreso y acompañarnos a mí y a mi tripulación, os aseguro que no os faltará de nada. En caso contrario, os arrojaremos al mar.

—Qué miedo da esto —susurró Duckland—, seguro que en este barco hasta viaja el chupacabras.

—Claro que en este barco viaja el chupacabras, niña —resolvió el capitán mientras se reía—. En realidad se llama Jacinto, pero es tan feo que su madre, en vez de darle el pecho, le daba la espalda —y continuó riéndose.

Desconfiaron más que nunca de aquel hombre y de aquella situación. Le pidieron al capitán un tiempo para pensar sobre la oferta y comenzaron a analizar los pros y los contras.

—¿Tú que sacas de todo esto? —preguntó Ed. Expunctor a Darksunrise.

—Querido, yo de esto saco un reportaje a doble página con una foto abriendo a tres —respondió.

—Ícaro, ¿tú que piensas? —volvió a interrogar Ed.

—Que no sé si tendré orujo suficiente para todo el viaje.

—¡Por dios! —exclamó Ed, enfadado—, ¿es que nadie me va a dar una respuesta? Prometeo, ¿qué dices tú?

Prometeo miró al capitán de reojo y le preguntó si tenían cuarto de baño en el barco. El marinero asintió.

—Pues digo que mejor aquí que en el mar, que la arena se me mete por… —pero antes de que Prometeo hubiese terminado su frase, Ed ya estaba formulándole la pregunta a Arenas.

—Arenas, ayúdame. Como anfitrión me siento responsable de lo que nos pase a todos y me angustia tomar esta decisión. No sé cómo lo consigue la Preysler. ¿Qué hacemos?

Pero Arenas había enmudecido. Por momentos perdía el color de su tez y su mirada parecía alejarse en el horizonte. Ed. Expunctor se plantó frente al capitán del Inercia y con gran seriedad exclamó:

—Sí, aceptamos barco como animal de compañía.

El capitán dio orden inmediata de zarpar y, con el barco en movimiento, pidió amablemente a todos que les siguieran para enseñarles las instalaciones y presentarles a la tripulación. Mientras se adentraban, comenzaron a plantearle todo tipo de dudas al capitán. Mem preguntó si tenían comida light en la cocina del barco; Jony preguntó si, ya que tanto tiempo miraban al cielo, conocían la Estrella de Levante; y Nuevo Ícaro lo interrogó acerca de varios opiáceos hallados en las algas de los fondos oceánicos.

Solo Ed. Expuntor reparó a medio camino en que Arenas no se había movido de su sitio. Corrió hacia ella realmente preocupado.

—Arenas, ¿qué te pasa? —preguntaba mientras la zarandeaba.

Arenas, aún ausente, le miró y abrió su libro de Expediente X por una página. El barco que allí aparecía fotografiado era el Inercia.

viernes 25 de abril de 2008

VIII. Nueve almas, una carne

El ruido hace que todos los presentes, incluido Prometeo, liberado de su carga fecal, se agrupen en el salón y dirijan sus miradas hacia el techo.

—Deberíamos echar un vistazo —dice Prometeo con las manos en el vientre, con el careto propio del que le han extirpado un riñón recientemente.

—¿Dónde se habrán metido Arenas y Duckland? —pregunta Ed, airado—. ¡¡¡Joder!!!, así no hacemos nada, esto va cada vez de mal en peor.

—Quizá estén en la buhardilla, de ahí los ruidos —deja caer Mem, tratando de buscar una respuesta que calme los exacerbados ánimos.

—Sólo hay una manera de averiguarlo —dice Chufowski—. Tememos que echar un vistazo.

Deciden ir todos juntos. Ed va abriendo camino con un cuchillo y Prometeo pegado a su espalda agarrando un rodillo. El resto va en fila india, asiendo sartenes y cacerolas, como una serpiente plateada y tremolante. Suben los escalones uno a uno y la madera cruje a sus pies. Llegan hasta la buhardilla y encuentran la puerta cerrada. Ed pega la oreja a la puerta y asiente con la cabeza, haciendo una señal con la mano, juntando los cuatro dedos con el pulgar, repetidas veces, haciendo ver que hay alguien ahí dentro de palique.

Se abalanzan sobre la puerta y Ed con el impulso cae rodando, y el cuchillo sale volando y se clava en el suelo, a escasos centímetros de Duckland, embebida ésta en la contemplación de unos mapas. Prometeo cae entre las piernas de Arenas y el resto contempla la escena desde puerta, sin dejarse pasar los unos a los otros.

—Podíais haber avisado de que estabais aquí —dice Ed malhumorado—. Nos hemos llevado un susto de muerte. Ya hemos tenido bastante esta noche con lo de Ícaro, como para que la gente haga lo que le venga en gana, aquí hay que poner un poquito de orden.

—Mira —dice Arenas conciliadora, pasándole una foto en la que se ve una embarcación.

Todas las cabezas rodean la figura formando un círculo casi perfecto, en palabras de Jony, tan dado a buscar la belleza geométrica en todo momento y situación.

Está claro que la maqueta es la reproducción del barco que se ve en la foto, la cual pasa por las manos de todos ellos. Al darle la vuelta ven que está fechada en 1935.

—¿Por qué no cogemos todo este material y lo miramos tranquilamente en el salón? —propone Ed, que parece tener prisa por salir de la buhardilla.

Una vez en el salón notan un ligero temblor. Los vasos de arcopal, los cirios, las botellas de licor, toda la vajilla va al suelo, acristalándolo con pequeñas astillas brillantes, refulgiendo como un mar de plata. La casa se convulsiona, mientras los allí presentes asisten atónitos al balanceo con el corazón acelerado y el grito en el cielo.

Jony, convertido en un imán de mala suerte, ve impasible cómo un plato sopero ha ido a buscar acomodo en su pie, cayendo de canto sobre su meñique, y maldice empleando una miríada de insultos.

La casa se mueve. Dark se asoma a la ventana y profiere un grito. Tras ella, Arenas y Duckland invitan al resto a sumarse a la contemplación del espectáculo. Ícaro logra hacerse un hueco, sacar la cabeza y echar la pota, mientras promete que nunca más probará ese matarratas bajo apariencia de orujo.

Chufowski dice a Ed que le siga, que quiere comprobar algo. Se asoman por todas las ventanas y finalmente por la trasera de la casa, que ahora era la delantera merced al oleaje. Junto a un pequeño ventanal ven un cable de acero de unos diez centímetros de grosor.

Prometeo llega hasta ellos y, tras observarlo, dice que aquello es el cordón umbilical que los mantiene unidos a tierra firme, pero que tarde o temprano lo más seguro es que oigan un chasquido tras el que quedarán a merced de los vientos, las sirenas y los Dioses, y comienza a recitar una poesía que Ed recuerda haber leído en su blog.

De nuevo en el salón, Ed los mira encogiéndose de hombros. De todas maneras, cualquier explicación que pueda ofrecer sería tan absurda como las cosas que les vienen sucediendo desde el día de ayer.

Arenas toma la palabra para comentarles que en su libro de Expediente X, el cual les muestra, hay un caso similar acaecido en un pueblo de California, donde dicen que se produjo un terremoto y donde parte del litoral se desprendió y con él las casas que había sobre el terreno.

—Ahora, me dejas mucho más tranquilo —dice Prometeo, que se disculpa, dejando el salón un momento, pues tiene todavía que seguir soltando lastre.

Jony les informa de que los móviles no funcionan, por lo que deben haber entrado en algún campo magnético gravitacional que impide cualquier comunicación de la casa con el exterior.

—Evidentemente —dice Duckland— estamos ante la versión hispánica del triángulo de las Bermudas. Vamos de camino hacia otra dimensión, violando las leyes del espacio y del tiempo. Aquí Íker se pondría las botas. Si salimos de esta, nos hacemos ricos yendo de plató en plató.

Se oye entonces un ruido chirriante que les hiela la sangre, barnizando sus caras de un blanco roto. El cable ha cedido y lo ven como si se tratara de la cola de un dragón restallar contra las ventanas hasta desaparecer bajo las aguas.

Ícaro dice que preferiría haber entrado en coma etílico la noche pasada antes que pasar por esto. Chufowski se pregunta en voz alta si aquello no será una adaptación de La habitación de Fermat, donde Ed les ha convocado con el único fin de matarlos a todos, eliminando así la competencia que le permita erigirse como El Rey de las Letras Virtuales, no solo en Murcia, sino en todo el territorio nacional, porque es sabido que la envidia entre los escritores es infinita.

Ed, visto el tétrico y absurdo cariz que toman los acontecimientos, prostituido ya el raciocinio en aquel burdel del delirio, dice que nadie va a morir, salvo por muerte natural o por propia iniciativa, a no ser que le inflen mucho las narices y dé entonces buena cuenta del cuchillo jamonero con el que es capaz de sacar filetes de carne del grosor de un papelillo, arguyendo que debe haber alguna explicación lógica detrás de ese hecho paranormal y que es posible que haya más casas flotando a la deriva como la suya, y en otras circunstancias les hubiera hablado de La balsa de piedra, pero cree que no viene a cuento.

En el ancho y basto mar que se abre ante sus ojos, sólo el gran azul les circunda. Se adivinan los perfiles cada vez más difusos de las montañas recortándose en el horizonte, las luces de las farolas y de las últimas casas del cabo.

Entonces Chufowski, tras permanecer unos minutos meditando en el retrete, al cual Prometeo ha bromeado con mudarse, para evitarse así los viajes, venciendo sus miedos, orilla los "qué dirán" y, cogiendo a Ed del brazo, le explica sin ambages su plan. Éste le mira con cara de preocupación y una sonrisa que no puede disimular. Hemos de hacerlo ahora, dice Chufowski apremiándole. Van hacia las pertenencias de Chufowki y de la mochilla del tamaño de un baúl extraen un plástico que cubre todo el suelo. Aplican el inflador y dos minutos después, sobre el suelo de la habitación, hay una muñeca hinchable XXXL teñida de rubio plátano de Canarias.

Bajan las escaleras, agarrándola cada uno de un brazo, y cuando llegan al salón con ella se escuchan risas y aullidos. Chufowski asume con templanza calificativos como libertino, licencioso, tarambana, lujurioso, guarro y chanzas varias, pero una vez que reina de nuevo el silencio, tomando la palabra y tras alegar en su defensa que no puede dormir solo, les explica que esa muñeca hinchable es la metáfora de su salvación, ya que además de ser una surtidora de placer puede hacer las veces de una lancha neumática, según ha leído en un foro.

En el prolijo manual de instrucciones que no va en la caja pero que Chufowski ha memorizado y del que lleva una copia en su usb, indica que es capaz de soportar 1.000 kg. de peso, merced a su forro especial de goma 2.0, que según decía la web coreana donde la adquirió era la bomba. Ese modelo, además de una potencia de 6.000 w. en posición de succión, puede hacer la función contraria, la de desalojo, haciendo las veces de una lancha de contrabando. El plan es una locura, pero no se presentan otras opciones mejores, o en caso de haberlas nadie tiene fuerzas ni ganas de exponerlas, así que hacen una votación y todos, quien más quien menos, alzan sus manos en señal de asentimiento.

Se dirigen entonces a la puerta de la casa. Cada uno llevando consigo los enseres que pueden llevar encima y se lanzan al agua, donde les espera la muñeca abierta de piernas. Cuando los nueve están en el agua, se reparten por los brazos, piernas, cabeza y pechos de la muñeca. Duckland y Arenas van a horcajadas sobre el vientre de esa Diosa de goma, llevando cada una su libro en las manos y el barco de marras dispuesto sobre el vientre de la muñeca.

Ya en posición, todos resoplando y jurando por lo fría que está el agua, Chufowski acciona el dispositivo, gira la rueda hasta la máxima potencia y pulsa la palanquita de desalojo. Por la entrepierna de la muñeca salen burbujas y luego poco a poco el artefacto se mueve. En su travesía escuchan gemir a la muñeca, porque ésta, dotada de sensores hasta en los lóbulos de las orejas, está programada para hacer más amena las relaciones con sus usuarios, y con tanto toqueteo, con nueve personas metiéndole manos se oyen toda clase de expresiones; uy, ahhhhh, síííííí, dámela toda, Diooooooooossss existe

La costa todavía queda lejos cuando la muñeca comienza a sufrir espasmos. Su batería se agota y quedan a la deriva. Mem comienza a gritar.

—!!!Pirañaaaaaas!!!

—Aquí no hay pirañas Mem, serán medusas en todo caso —replica Prometeo.

—Me pican las piernas que no veas, es un escozor infernal.

Las miradas de odio dirigidas hacia Chufowski y su plan de mierda le hacen apartar la mirada y anegarla en el horizonte.

—Mientras no se pinche esta muñeca, ni tan mal —dice Arenas, que aprovecha el parón para seguir leyendo su libro.

—Mirad —dice Dark—, aquello que se ve al fondo parece el mástil de un barco— señalando con el brazo estirado y apuntando con el dedo.

—Hala, pues venga, al agua patos —insta Ed.

—Hay un problema —dice Jony.

—No te preocupes por tu meñique, que para nadar no te hace falta —dice Dark, dándole una palmadita en los mofletes..

—Es que yo…

Ya están todos en el agua, menos Chufowski y Jony que siguen aferrados a las extremidades de la difunta. Unos nadando a braza, otros como Arenas y Duckland flotando boca arriba y empujándose con las piernas a fin de no mojar sus libros.

Chufowski permanece agarrado a un pie con las uñas pintadas de rojo pasión, con la mirada perdida. Jony le busca con los ojos y le pega una voz.

—Vamos, dice Chufowski saliendo de su húmedo ensimismamiento, te echo una carrera.

—No sé nadar.

—No me jodas, tronco. ¿En el cole no os llevaban a la piscina, no os daban gorritos azules y gorritos rojos?

—No.

—Pues estos cabronazos ya se han ido, así que probaré a remolcarte. Tú déjate hacer porque lo mismo nos vamos los dos al fondo del mar. ¿Conforme?.

Prometeo se aparta del resto de nadadores porque tiene un apretón y precisa tanta intimidad como un mar sin puertas ni ventanas puede ofrecerle. Ícaro es el primero en ver con nitidez la proa del barco. Llega hasta la amarra que pende de un flanco y espera a sus compañeros.

—¿Te puedo contar un secreto? —dice Jony dirigiéndose a Chufowski con un hilo de voz.

—Dispara.

—Antes de palmarla, la muñeca me dijo algo.

—¿Comooooooooooooooorrr?

—¡Nueve almas separarán la luz de las tinieblas! ¡Un mismo destino, una sola carne!

—¿Eso te dijo?

—Pues sí, yo iba agarrado a su cabeza y lo oí de sus labios, fueron sus últimas palabras, te lo juro.

—Jajajajajaja… Jony, eres cojonudo. ¡Qué imaginación! ¿Cuánto bebiste anoche? Macho, sí que te dura la resaca. De esto ni una palabra. ¿Entendido? No está el horno para bollos. Anda, agárrate bien, que ya no nos queda nada.

Los nueve cuerpos flotantes ya agrupados, tras llegar Chufowski y Jony también hasta la amarra, leen—salvo los que tienen miopía— una inscripción en la vela mayor, que dice así:

No basta con jugar, es la hora de creer.
El tiempo se acaba.
Es la hora de la tiniebla

Arenas, junto a Ed, antes de subir al barco, le pregunta:

—¿Qué hacían esas fotos en tu casa?

Ed pierde su mirada en el mar, se aclara la garganta y responde:

— Ahora os lo cuento.

jueves 24 de abril de 2008

VII. Dos bandos irreconciliables... O no tanto.

Escena I

Arenas y Mem.

(Habitación en penumbra iluminada por la luz del alba que se filtra tras las persianas. Dos camas pequeñas, todo revuelto, dos maletas de fin de semana a medio deshacer, un armario empotrado semiabierto y una mesilla con una lámpara.)

Arenas.— ( En voz baja.) Mem... Oye, ¿estás despierta?

Mem.— ¿Umm...? Ahora sí.

Arenas.— (Contiene a duras penas su nerviosismo, y no para de darle vueltas a un anillo que lleva en el meñique de la mano izquierda.) Es que no puedo dormir. No entiendo cómo Ed no me había contado nada de esto. Es mosqueante y macabro.

Mem.— No habrá encontrado el momento....

Arenas.— No es eso. Hemos planeado juntos este encuentro cuidadosamente y... ¿Se le ha olvidado algo tan importante?

Mem.— ...

Arenas.— (Zarandeándola.) ¡Mem! Que no te duermas. ¿Cómo puedes con todo lo que ha pasado?

Mem.— Umm... Déjameee. Mañana lo veremos todo desde otra prespretiva. (Intentado vocalizar.) Digo, pers-pec-tiva.

Arenas.— (Mientras se viste rápidamente.) Pues yo voy a levantarme y a echar un vistazo por ahí ahora que es de día.

Mem.— ¡Qué dices! ¿Adónde vas tú soola?

Arenas.— (Tajante.) Si quieres venir, vale. De todas formas, ahora no puede haber peligro. Ya ha amanecido y aquí, en este libro, tengo todo lo que necesito saber sobre estos temas.

Mem.— ¿Libro? A ver... (Lee en voz baja, con dificultad, y luego va ascendiendo progresivamente el tono silabicando en exceso.) Expediente X, toodas las historias documentadas científicamente. Incluye fichas de casos rreales, todas las fotografías y los informes cla-si-ficados redactados por los F.B.I. Dana Scully y Fox Mulder, con amplio material foto, fotográfico... Pero, pero, ¿estás hablando en serio?

Arenas.— Vaya. Otra incrédula. Dame acá (quitándole el libro de las manos), ni lo vuelvas a tocar, ni me preguntes luego cuando necesites saber algo.

Mem.— (Fuera de lugar, no sabe qué decir) No, ya, ya...

Arenas.— Es que no sé por qué me ha tocado contigo en la habitación. Vaya una tontería esa del sorteo. Sólo podía habérsele ocurrido a Jony, claro, como él se lo toma todo a broma... No me malinterpretes, es un buen tío, pero es que esto es muy serio..., y muy grande. Esto es un caso que tiene su miga. Ya lo creo. (Se queda un momento pensativa y casi murmurando.) Tendré que hablar con Duckland, ella seguro que podrá ver la conspiración que se esconde detrás. (En voz más alta.) Va, me voy. Tú sigue durmiendo...

Mem.— (Intentado encender la luz de la lamparilla, pero sin atinar) Espera, espera. Dark y Chufowsi ya han salido a buscar a Ícaro. Espera por lo menos a que vuelvan. Además, Duckland está fatal, como yoooo, que todo me da vueeltas, jajaja. Si todo esto no es más que el efecto del alcohol sobre una gran broma muy bien montada, creo. (Dubitativa)... Eso es, nada es real. Tú no eres real, yo no soy real. A dormir. (Se da la vuelta y le da la espalda a Arenas.) Buennnas noch... Zzzzzzzzzzzz.

Arenas.— (La mira entre risueña y severa.) Si es lo que yo digo. Otra pobre alma perdida que necesita creer...

Escena II

Arenas y duckland.

(Pasillo completamente a oscuras, excepto el débil resplandor de la linterna de un móvil. A cada lado se adivinan puertas cerradas.)

Arenas.— (Hablando consigo misma en voz baja y caminando de puntillas, en una mano lleva un móvil que esgrime como una arma delante de ella, en la otra un libro que aferra con fuerza contra el pecho.) Me parece recordar... La gran plantación, las abejas, peligro biológico... ¡Ahh!

Duckland.— (Tapándole la boca con la mano.) ¡Shhh! Soy yo.

Arenas.— ¡Vaya susto me has dado! (Cuchicheando) ¿Has hecho todo tal y como lo habíamos planeado? Ciertamente, has conseguido que todo el mundo se creyera que no podías sostenerte en pie. ¡Bravo! Muy buena actuación.

Duckland.— ¡Bah! No ha sido nada. Jony duerme como un bendito. Se le ha pasado el cabreo rápidamente.

Arenas.— (Nerviosa.) ¿Lo has traído?

Duckland.— Sí, claro.

Arenas.— ¿Las dos cosas?

Duckland.— Que siiiií... ¿Y tú?

Arenas.— También. Ahora tenemos que salir, porque ya sabes...

Las dos.— (Susurrando, casi dicho mentalmente, pero con gran énfasis.) “La verdad está ahí fuera”.

(Se quedan un momento sonriendo como tontas.)

Duckland.— Ejem, ejem... Ed y Prometeo están en el salón. ¿Cómo vamos a esquivarlos? Nos harán preguntas...

Arenas.— Conozco bien esta casa. Podemos salir por la cocina al patio, de ahí subir a la terraza de la buhardilla, claro que tendremos que saltar un par de tejados y luego descolgarnos por la casa del vecino. No habrá más de dos metros...

Duckland.— (Se le ilumina el rostro.) Sí, sí...

Arenas.— Necesitamos investigar, antes de que todos se levanten, esa plantación y sus alrededores. Tú crees... (No se atreve a decir lo que realmente piensa) ¿Tú qué opinas sobre todo esto? No podemos contar con Mem.

Duckland.— Creo que con Jony sí, pero cuando se le pase la cogorza. No para de hablar del barco y del mensaje. Casi he tenido que arrancárselo de las manos una vez que se ha dormido. Para mí está muy claro: alguien nos conoce muy bien..., y quiere decirnos algo. O no...

Arenas.—Y, ¿crees que es el fantoche ése que ha venido amenazando? No está solo. Recuerda: “No somos lo que somos”.

Duckland.— Mujer, ya, claro..., pero esa aparición, ese hombre... (Súbitamente.) Capítulo VII, epígrafe 2, “El hombre del hielo”, creo que puede servirnos de ayuda. O no. He estado pensando y encuentro ciertas similitudes físicas: la forma del rostro, el hueso occipital, el tamaño de manos y pies, y esas garras... (Murmura no muy convencida.) El eslabón perdido... O no.

(Se oyen voces tras la puerta del pasillo que da al salón, voces amortiguadas, pero inconfundibles.)

Arenas.—Shhh, salgamos de este pasillo, pueden sorprendernos.

(Ambas hacen mutis por la puerta de la cocina.)

Escena III

Prometeo y Ed. Ens